El paraíso perdido
Capítulo 1º Los cuidados de mamá
Cogidos con mucho cariño, la mama loba cambiaba de sitio a sus dos cachorros. El primero en cambiar fue a la pequeña lsuelta, que movía las patitas, mientras su madre (entre sus afilados colmillos), la llevaba cogida con mucha delicadeza, a un lugar más seguro. La mamá loba, una vez dejado a su cachorro y asegurarse que el sitio elegido no presentaba peligro alguno, volvió en busca de Ímpetu, que era como se llamaba su otro cachorro.
Una vez que toda la familia estuvo en la nueva lobera, la mama loba le dio de mamar a sus dos cachorros y luego los tres se echaron a dormir.
La madre había tenido una noche muy ajetreada, al intentar escapar de unos pastores, que al descubrirla mientras se estaba comiendo una oveja, le dispararon varias veces. Por suerte para ella y para sus dos cachorros, los pastores no eran buenos tiradores y erraron los disparos. Después, la estuvieron persiguiendo un buen rato con varios perros, hasta que consiguió despistarlos y estos, desistieron de la violenta y dura persecución.
La mamá loba, al haber sido descubierta por los pastores mientras comía, no había podido hartarse de comer y después de haber amamantado a sus dos cachorros y descansar varias horas, estaba de nuevo hambrienta, lo mismo que sus dos cachorros.
—Hijitos, os tengo que dejar de nuevo (aunque no me gusta salir de día, es muy peligroso), estoy hambrienta y si no como, no podré generar leche para vosotros –le decía la mamá loba, con mucha tristeza.
Serían las doce del mediodía, cuando la mamá loba salía en busca de comida. La sierra, que era donde ella y todos sus antepasados habían cazado desde el principio de los tiempos, estaba menguando alarmantemente, dejando sólo la parte más alta de la misma, para recobijo de los animales salvajes como ellos. De las presas que siempre había conseguido su sustento, más de lo mismo, cada vez eran más escasas. Todo esto había sido producido por el hombre, que siendo el más inteligente de todos los animales de la tierra, era a la vez, el más destructivo y el menos solidario de todos.
La mamá loba llevaba varias horas merodeando por la zona y no había forma de encontrar presa alguna. Lo único que había visto hasta el momento, era el rebaño de ovejas, que pastaban en un verde y amplio prado. Estas estaban muy bien protegidas por los pastores y por sus perros, y con lo que había tenido ya la noche anterior con los pastores, no quiso aventurarse y sé fue alejando del lugar.
Caminaba muy triste, por que sabía que sus hijos estaban hambrientos y que si no encontraba comida pronto, lo pasarían muy mal. En su desesperación, miró al cielo y vio como varios buitres volaban en círculo. Eso era señal inequívoca de que cerca de allí habría algún animal muerto.
La mamá loba husmeando, empezó a caminar hacía donde su fino olfato le iba indicando que estaría el cadáver. Se trataba de la oveja que había matado la noche anterior, los pastores la habían llevado cerca de un riachuelo, donde había una espesa arboleda y grandes matorrales. La mamá loba, con el hambre que tenía, no tardó mucho en encontrar el cadáver, y aunque ella prefería la carne fresca, estaba tan hambrienta que no se lo pensó dos veces y empezó a comer lo más deprisa que pudo.
Los buitres, que cada vez eran más, fueron bajando y acercándose al cadáver. Estos empezaron a incordiar a la mamá loba, hasta que consiguieron echarla, pero esta ya se había hartado de comer, y en pocos minutos, sólo quedaban los huesos de la oveja.
Los buitres habían hecho su gran trabajo de limpieza del campo. Si no fuera por estos limpiadores implacables, infecciones, olores y enfermedades, habría muchas más de las que hoy en día hay, que ya son muchas.
Los dos cachorros dormían placidamente y cuando su madre entró en la lobera, estos que dormían para no pensar en el hambre que tenían, al oírla llegar, se abalanzaron sobre ella, buscando las tetas de su madre con desesperación, para alimentarse. La mamá loba se echó y sus cachorros pudieron hartarse de la apetitosa leche de su madre.
Serían las seis de la tarde, cuando madre e hijos se despertaron y salieron de la lobera.
Ímpetu e Isuelta, que estaban bien alimentados, jugaban con su madre a coger la cola. Ímpetu, aunque era aún muy pequeño, ya daba señales de quién sería el que mandaría en el futuro.
—No me aprietes la oreja, Ímpetu, que me haces daño.
—Pero si no estoy apretando. Qué blandita eres, hermanita —le decía Ímpetu, moviendo la cabeza, con la oreja de su hermana en su boca.
La mamá loba, viendo que Ímpetu no soltaba a su hermana, le regañó, enseñándole los afilados colmillos.
—Mamá, no le hago daño, ¡es que es muy blandita!
— Si le coges otra vez la oreja a tu hermana, te cortaré una de las tuyas de un mordisco.
Ímpetu se reprimió, pero era tanta la energía que tenía, que empezó a dar vueltas alrededor de un árbol, hasta que quedó exhausto.
— ¿Qué te pasa, hermanito?
—Déjame, Isuelta. Por tu culpa, me ha regañado mamá.
—No era mi intención, pero me dolía mucho la oreja.
— ¡Qué blandita eres, hermanita!
—No soy una blandita y no me lo digas más.
—No te enfades, hermanita, que es de broma.
Sobre las ocho de la tarde, madre e hijos, se metieron en la lobera, para pasar la noche.
Capítulo 2º Huérfanos
Serían las siete de la mañana, cuando la loba salió de la lobera y se dio un paseo por los alrededores; luego, volvió de nuevo a la lobera. Los dos cachorros estaban ya despiertos y con mucha hambre. La mamá loba les ofreció sus ubres y estos estuvieron mamando hasta que quedaron saciados.
Un fuerte impacto se sintió y todos los animales de la zona salieron corriendo asustados. La mamá loba, que después de haberles dado de mamá se había retirado unos metros de la lobera, para vigilar mejor a sus cachorros, fue abatida por los disparos de unos cazadores.
Los dos cachorros, al oír el fuerte ruido, fueron en busca de la protección de su madre. Esta estaba herida de muerte y sólo pudo decir.
—Cuida a tu hermana, cuida a tu hermana —y con la pena de dejar a sus indefensos hijos solos, en aquel duro mundo, cerró los ojos.
Los dos cazadores llegaron a donde estaban y uno de ellos, el que había matado a la madre, al ver a los dos cachorros, les apuntó con la escopeta para matarlos.
—No le dispares, los podemos vender al zoológico —le dijo el otro cazador, levantándole la escopeta.
—Nunca me toques la escopeta, Hilario —le dijo con toda la maldad del mundo y voz fría como el hielo.
Ramón, que era un ser de aspecto siniestro y con barba de varios días sin afeitar, parecía el mal personificado. Hilario (que era todo lo contrario que su compañero) al oír aquellas palabras tan frías, se disculpó.
—Perdona, Ramón. No pensaba que te ibas a poner así.
— ¿Cómo me he puesto? Al final me harás enfadarme de verdad –volvió a decir Ramón, con el mismo tono.
—Si te vas a poner así, yo me marcho y que te den –le dijo Hilario, sacando fuerzas de adentro, por que se había quedado cortado (por las tan indeseables palabras de Ramón) y se marchó en busca del coche.
Ramón, al ver que Hilario se marchaba de verdad, cambió el tono de voz y le dijo que no le hiciera caso, que eso de que le toquen la escopeta, no lo podía soportar y que por eso se ponía así de tan mal humor, que le perdonara y que los dos cachorros los podía llevar al zoológico, o donde él quisiera.
Hilario, al oír aquello, se dio media vuelta.
—Si te pones otra vez así, no saldré de caza nunca más contigo, y no entiendo cómo has tenido valor de matar a la loba, después de las veces que lo hemos hablado. No tienes corazón, eso es lo que te pasa, que no tienes corazón.
—Los pastores me lo agradecerán.
—Eso no te lo agradecerá nadie. Tú sabes que siempre hemos discutido sobre eso, que son animales protegidos y que hay que cuidarlos, no matarlos.
—Estos no son animales de provecho, ademán son dañinos, matan ovejas y todo lo que pillan.
—Por que no encuentran presas; su hábitat, se lo estamos destrozando nosotros y cada día hay menos animales, de los que ellos se suelen alimentar.
—Eso se lo cuentas a los pastores, a ver qué te dicen.
—Mira lo que has conseguido. ¿No te da pena haberlos dejados huérfanos?
— Pues no, ¿no soy tan humanitario como tú?
—Si no los llevo a un zoológico, los dos cachorros morirán de hambre.
—Por mí puedes hacer con ellos lo que quieras.
Hilario se agachó cerca de los cachorros y con suave voz, fue acercando su mano. Ímpetu, al ver que Hilario le acercaba la mano, le sacó los colmillos y se puso delante de su hermana, para defenderla.
El mal por desgracia ya estaba hecho, ahora sólo había que pensar, el como ayudarles para que no se murieran de hambre.
—Creo que lo mejor será que os lleve al zoológico, allí podréis haceros grandes y fuertes. Si os dejo aquí moriréis de hambre, sois todavía muy pequeños. Si pudiera, os llevaría conmigo, pero vivo en un piso y no tengo espacio para ustedes.
—No os asustéis, pequeños, que sólo quiero ayudaros.
Hilario se confió, e Ímpetu, que defendía con furia a su hermana, le lanzó un mordisco, hiriéndole en un dedo. Este dio un pequeño grito de dolor, cogiendo el dedo mordido, que le sangraba abundantemente.
—Eso te pasa por ser tan benévolo con esas fieras. ¡Déjame que le pegue un tiro!
—Se está defendiendo, mira como protege a su hermana.
—Tonterías tuyas, lo que pasa es que son animales salvajes y actúan como tales; y si te descuidas le sirves de almuerzo.
Hilario sacó una petaca de coñac y se la echó por el dedo mordido; luego sacó un pañuelo y se lo lió.
—Ayúdame a cogerlos, que los meteré en este saco.
—Te ayudaré, pero si uno de los dos me muerde, le pego un tiro y te lo digo de verdad.
Después de alguna que otra protesta, por parte de Ramón, los dos cachorros fueron introducidos en un saco.
—Qué sanos están, la madre debió ser muy buena cazadora, para mantenerlos tan bien alimentados a los dos cachorros, con la escasez de presas que hay – decía Hilario en voz alta, pero sin mirar a Ramón.
—Yo ya me marcho, tengo que llevarlos al zoológico.
—Yo también me voy, estamos muy lejos para irme andando.
Los dos cazadores se montaron en el todo terreno de Hilario y se marcharon hacia el zoológico.
Capítulo 3º El zoológico
—Por favor: quisiera hablar con el encargado del zoológico, he encontrado unos cachorros de lobo y quisiera dejarlos aquí —le preguntaba Hilario a un trabajador del zoológico, que había en la puerta.
—Esperen un momento, que ahora llamo al encargado —le contestó el señor que había en la puerta y de seguida marcó un número en un móvil que se sacó del bolsillo.
A los cinco minutos, salía un señor de unos cuarenta años de edad, que al llegar a la puerta y hablar unos segundos con el portero, se dirigió hacia donde estaba Hilario con los cachorros.
— ¡Buenas tardes! ¿En qué puedo servirle? – le dijo el encargado.
— He encontrado a dos cachorros de lobo y los quisiera dejar aquí. Son muy pequeños y se hubieran muerto de hambre si los hubiera dejado en el bosque.
—Ha hecho usted lo correcto, si se quedan sin la madre, mueren de hambre o son devorados por otros animales. Déjeme que los vea.
Hilario abrió el saco, para que el encargado los viera.
—Están muy sanos, se han debido quedar huérfanos hace muy poco.
—Sí, hemos visto a su madre muerta esta mañana.
—Habrá sido algún cazador sin alma, de esos que tenemos tantos en este país.
–Seguramente.
— Venga conmigo, que los llevaremos al veterinario, para que los examine.
Hilario, con los dos cachorros dentro del saco, acompañó al encargado hacia la enfermería.
— ¡Felipe!
— ¡Sí!
—Examina a estos cachorros, los ha encontrado este señor en el bosque y quisiera saber en qué estado se encuentran.
El veterinario, con mucha veteranía, sacó del saco a Ímpetu, que pataleaba e intentaba escaparse de sus expertas manos.
—Se han debido quedar huérfanos hace muy poco, han mamado hace cuatro o cinco horas.
—Hemos visto a su madre muerta, algún desalmado la ha debido mata, por eso los hemos traído.
—Si los siguen matando de esa manera, pronto no quedará uno —le dijo el veterinario, con dolor y sentimiento.
—Me tengo que marchar, se me está haciendo tarde.
— Espere que le pague.
—No, no me tiene que pagar nada; el haberlos salvado, ya me gratifica.
— Muchas gracias por haberlos traído, si la gente fuera como usted, no habría tantas especies amenazadas, pero por desgracia para ellas, como usted no hay muchos.
Hilario se subió al coche y lo arrancó sin decir palabra alguna.
— ¿Qué te han dicho, que parece que has visto al mismo diablo?
Este, seguía conduciendo sin contestar.
—Caramba, cómo te pones por una loba de mierda.
Hilario pegó un fuerte frenazo y le dijo a Ramón que se bajara del coche y que se buscara otro compañero de caza, y que a él, lo olvidara.
— Sí, será lo mejor, con blandos de mierda como tú, es mejor no ir ni de copas. Hilario no le contestó. Arrancó el coche y se marchó.
Los dos cachorros, una vez comprobado su salud, los llevaron a una jaula, para posteriormente llevarlos junto con varios lobos y lobas que tenían en el zoológico.
—Estoy muy asustada, Ímpetu, y aquí hay muy poco espacio para moverse.
—No te preocupes, hermanita, en cuanto podamos, nos iremos de aquí.
—Echo mucho de menos a mamá.
—Yo también la echo mucho de menos y ahora intenta dormir, hermanita. —Tengo frío, mamá nos daba calor con su cuerpo.
—Tenemos que aprender a vivir sin nuestra madre; pégate a mí, que nos daremos calor el uno al otro.
Los dos cachorros se juntaron, y dándose calor uno al otro, se quedaron dormidos.
Los primeros rayos de sol penetraban por las ventanas y el pequeño Ímpetu ya estaba despierto.
—Tengo que salir de aquí, si no me moriré de un ataque de ansiedad, necesito más espacio para moverme. Esto está muy duro y yo aún tengo los dientes pequeños —decía Ímpetu, que mordisqueaba con rabia los barrotes de la jaula.
Sobre las nueve de la mañana se acercó una chica con dos biberones en la mano. Ímpetu se puso a la defensiva y le sacó los colmillos.
—No os asustéis pequeños, que sólo os quiero dar de comer —dijo la chica, y les ofreció los biberones.
Estos no sabían lo que era y los rechazaban.
La chica se dio cuenta enseguida, que ella sola no podría darle los biberones, y salió unos segundos del pabellón; luego llegó acompañada por un compañero, joven como ella.
El compañero que vino, con mucha habilidad sacó a Ímpetu y mientras lo sujetaba, la chica le ofrecía el biberón. Se estuvo resistiendo un poco, pero en cuanto probó la leche, no dejo de chupar con fuerzas hasta que se la terminó. Isuelta estaba agresiva igual que su hermano y también le pasó lo mismo que a él; en cuanto probó la leche, no paró hasta que se acabó el biberón.
—No está lo mismo que la de mamá, pero está también muy rica.
—Sí, hermanito, no es lo mismo, pero nos tendremos que acostumbrar a ella.
Días más tarde, los dos hermanos fueron introducidos en la jaula de los lobos. Era una jaula de unos cien metros cuadrados, donde habitaban dos lobos, cuatro lobas y seis cachorros de la edad de ellos.
En cuanto entraron en la jaula, los seis cachorros fueron a donde estaban ellos.
—Hola –dijo una de las cachorras.
Ímpetu le contestó lo mismo y otro de los cachorros le sacó los dientes y le preguntó que a dónde iban.
—Nos han traído dos humanos a este sitio tan raro, todo lleno de barrotes.
—Hola pequeños, ¿dónde está vuestra madre?— le preguntó Tristá, que era como se llamaba la loba madre de todos los cachorros.
— Está muerta, la ha matado uno de los humanos que nos ha traído aquí.
Los dos lobos estaban tumbados y al oír decir lo de la madre, se acercaron. — ¿Qué has dicho, pequeño?
— Que un humano ha matado a mi madre.
—Hay muchos humanos que no tienen corazón y matan por matar, no como nosotros, que lo hacemos para poder comer.
—Papá, yo nunca he visto matar para comer.
—Ya lo sé, hijo, que nunca lo habéis visto. ¡Ustedes habéis nacido aquí y sólo conocéis esto!
— ¿Y qué hay fuera de aquí, papá?
— Muchas cosas, hijo, muchas cosas, buenas y malas; no penséis que todas son buenas. Aquí la vida es más fácil, por que te dan la comida y no te tienes que preocupar de nada, pero esto ni es vida ni es nada —dijo Podo, que era como se llamaba el lobo y padre de todos los cachorros. El otro lobo se llamaba Nodo, era más pequeño y aún no tenía ningún descendiente.
—Papá, me gustaría conocer la vida de fuera y así poderla comparar.
—Ya, pero los humanos no nos dejaran salir de aquí. No sé por qué os ha entrado tantas ganas de salir de aquí. Fuera de aquí, el poder comer, cada día cuesta más y tú lo sabes, no sé por qué animas a tus hijos a conocer lo de fuera, sabiendo lo que realmente hay.
— Será más difícil, Nodo, pero se es libre y eso no tiene precio.
—Para qué quiere uno ser libre, si pasas hambre. Si hubiera comida como antes, estaría contigo, pero sabiendo lo que hay fuera, prefiero lo de aquí.
—Cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo en cuanto pueda, me largo al bosque.
Capítulo 4º La escapada
Tres meses más tarde.
Ímpetu se había convertido en un joven fuerte y era el líder del grupo de jóvenes.
—Ímpetu, te veo muy triste— le decía Briosa, que era como se llamaba una joven y valiente lobita.
—Cada día que pasa, me cuesta más trabajo estar aquí entre estos barrotes. Tengo que salir de aquí como sea, sino me moriré de un ataque de ansiedad.
—Yo también quiero salir de aquí y conocer lo de fuera.
— ¿Tus hermanos qué dicen?
—Todos quieren salir de aquí, el único que no quiere es Nodo, que dice lo de siempre, que aquí se lo dan todo y que lo de fuera no le traen buenos recuerdos.
—Pues que se quede, el resto está por salir de aquí en cuanto haya una oportunidad.
—Nos reuniremos y buscaremos el cómo salir de aquí –dijo Ímpetu, dando a continuación un largo aullido.
Todos los jóvenes se reunieron con Podo y estuvieron analizando el cómo salir de allí
—Hay que hacerlo cuando nos traigan la comida y aprovechar el momento en que la puerta esté abierta.
—Casi siempre vienen dos humanos y uno se suele quedar cerca de la puerta. —Es verdad, será muy difícil hacerlo con el humano cerca de la puerta.
—Si el problema es ese, lo que tenemos que pensar es cómo alejarlo de la puerta.
Todos estuvieron dando vueltas por la jaula, hasta que Ímpetu habló.
—Ya lo tengo —dijo —ya sé cómo distraer al humano.
Todos se lo quedaron mirando, esperando que dijera cómo hacerlo.
Atacar al que entre, para que el otro vaya en su ayuda, ¿qué os parece?
— Si no cierra la puerta antes de acudir en su ayuda.
—Esperemos que sólo la deje entornada.
—Una pregunta. Si le estamos atacando, ¿cómo podemos salir de la jaula?
—Ese sí que es un verdadero problema, por que todos nos queremos marchar —decía Ímpetu, con tristeza.
—Nodo no quiere marcharse —dijo Briosa.
—Es verdad, Nodo no quiere marcharse, él nos puede ayudar –le contestó Ímpetu, con más alegría.
—Hablaré con él —dijo Podo.
Nodo estaba echando la siesta en uno de los patios que había con árboles y Podo se dirigió a él.
— ¡Hola, Nodo! ¿Qué haces?
—Ya lo ves, lo de siempre, nada, echar la siesta.
—Pero si no son horas de eso.
— ¿Y quién dice que la siesta se eche a una determinada hora?
—En eso tienes toda la razón.
—Cuando no me pones mucho la contra… Lopo, ¿es que quieres algo?
— ¡Si!...
—Desembucha, Lopo, que te conozco.
—…Queremos irnos de aquí.
—Eso no es nuevo, desde que llegamos, lo estas diciendo.
— Ahora es distinto, tenemos un plan.
— ¡Un plan!
—Sí, un plan.
— ¿Y en qué consiste ese plan, que os hace falta mi ayuda?
— Queremos aprovechar la hora de la comida.
—No lo entiendo.
—Sí, ahora te lo explico, atacar al que entra la comida, para que el que se queda en la puerta vigilando, vaya en su ayuda.
— No está mal, ¿de quién ha sido la idea?
—De Ímpetu.
—Ya me parecía a mí. Ese joven llegará lejos y por lo que deduzco, ustedes quieren que yo sea el que ataque al vigilante.
—Ya, como tú no quieres salir, hemos pensado que si no quieres salir, al menos nos podrías ayudar.
—Contar con mi ayuda. Aunque si lo conseguís, me voy a quedar muy solo.
Habían pasado varios días, y como de costumbre, llegaron dos vigilantes y era el día elegido.
Todos estaban a la expectativa, menos Nodo, que estaba escondido cerca de donde dejaban la comida. El vigilante se llevó un gran susto, cuando cortándole el camino de regreso, estaba Nodo enseñándole sus afilados colmillos. Este pidió ayuda al compañero que había en la puerta. El vigilante que se había quedado en la puerta, al oír a su compañero, entornó la puerta y salió corriendo hacía donde se encontraba su compañero. Nodo, al ver llega al otro vigilante, desistió enseguida y se fue para el patio. El vigilante que había entrado en ayuda del compañero, al ver que estaba todo en orden, salió enseguida y al salir de la parte cubierta de la jaula, vio como se escapaban por la puerta los más jóvenes. Este salió corriendo hacía la puerta y pudo evitar que se salieran todos. Solo consiguieron escapar seis jóvenes, Podo y la madre de los cachorros; al resto los pudo detener el vigilante.
Los vigilantes sorprendidos, empezaron a pedir ayuda y enseguida estuvo todo lleno de compañeros buscando a los escapados. Estos habían conseguido salir del zoológico y se habían introducido en un pequeño bosque que había cerca del zoológico. Los vigilantes estuvieron rastreando la zona, pero se hizo de noche y lo tuvieron que dejar para el día siguiente.
—Debemos aprovechar la noche para alejarnos lo más que podamos de aquí – dijo Ímpetu.
Podo estaba triste, por que se habían quedado dos de sus hijos, que también querían salir de la jaula. La madre que se llamaba Adosa, también estaba muy triste por el mismo motivo.
—No estéis tristes, padres, que en cuanto podamos, volveremos por nuestros hermanos.
—No lo puedo evitar, Briosa, tus hermanos estaban tan ilusionados con salir.
—Ya lo sé, mamá, pero quédate tranquila, que ellos estarán bien y en cuanto podamos, iremos a sacarlos.
Aprovechando la noche, como había dicho Ímpetu, y guiados por Podo, se alejaron más de cuarenta kilómetros del zoológico.
—Debemos llegar a la sierra, allí estaremos en nuestra verdadera hábitat – decía Podo.
Capítulo 5º Regreso a la sierra
El sol estaba saliendo y los primeros rayos de sol asomaban entre los verdes naranjos, que precedían el camino elegido por Podo y los suyos.
Era la época de la recogida de la naranja y los recogedores iban llegando unos en moto, otros en coche y algunos andando.
—Debemos escondernos; si nos ven, tendremos problemas con los humanos.
—Sí, será lo mejor —dijo Ímpetu, con voz segura.
Se habían escondido entre los matorrales de un pequeño arroyo que había en la parte baja del naranjal.
Temiendo que algún humano los descubriera, permanecían en alerta.
Los vigilantes del zoológico habían seguido las huellas y se acercaban peligrosamente a ellos. Ímpetu estaba encima de un viejo tronco caído y vio cómo se acercaban varios humanos con perros.
—Debemos largarnos de aquí, ¡nos vienen siguiendo!
Entre los matorrales y sin salir del arroyo para no ser vistos por los recogedores de naranjas, emprendieron la huida. Los vigilantes del zoológico, que iban en dos todo terreno, cada vez estaban más cerca de ellos. Ímpetu dijo que había que separarse si no querían que los pillaran a todos.
Los vigilantes llevaban dardos con somníferos y fueron pillándolo a todos menos a Ímpetu, Isuelta, Briosa y Travieso, que eran más veloces y consiguieron escapar.
Los vigilantes metieron en jaulas a los cogidos y regresaron al zoológico con ellos.
Los cuatro estuvieron esperando en lo más alto de la sierra a sus familiares y amigos, pero estos no llegaban y después de haberlos estado esperando un buen rato, decidieron emprender la marcha.
Briosa y Travieso, caminaban con tristeza, pensando en la suerte de su familia, cuando fueron sorprendidos por dos lobos.
— ¿A dónde van ustedes por estos parajes?
—Perdonen, pero vaya susto que nos habéis dado —dijo Briosa, que fue la primera en verlos.
—Le he preguntado, que a dónde van ustedes, no el susto que se han llevado —volvió a preguntar el lobo que había preguntado antes, con voz de desprecio.
Travieso enseñó los colmillos y se puso delante de su hermana.
—Mira el cachorro, lo valiente que es, se pone a defender a su novia.
—No es mi novia, es mi hermana.
— ¿Qué pasa aquí? –dijo Ímpetu, que se había adelantado un poco con su hermana, para no molestar a Briosa y Travieso, en la tristeza por la perdida de su familia.
— ¿Y tú de dónde sales?
—Vengo con ellos, ¡son mis amigos!
—Pues ya os estáis marchando de aquí, si no queréis que os devoremos.
—La sierra es de todos.
—La sierra es de don Diantre, que es nuestro jefe.
— Pues tendrás que devorarme como dices, por que yo no me marcho de aquí. —Si es lo que queréis, os complaceremos.
—Vosotras quedaos ahí. Con Travieso y yo, nos sobramos para darle su merecido a estos.
Los cuatros entraron en una feroz pelea, saliendo victoriosos Travieso e Ímpetu.
—Ahora le contáis a vuestro amo, que dos jóvenes os han dado una buena paliza —le dijo Ímpetu, con firme voz.
Los dos lobos ensangrentados y con el rabo entre las piernas, se alejaban del lugar.
Diantre era el jefe de una manada de unos quince lobos.
— ¿Qué os ha pasado, que estáis mordisqueados por todo el cuerpo? ¿No os habréis enfrentado a esos peludos tan grandes?
—No, don Diantre, han sido cuatro lobos. Nos han cogido por sorpresa y…
— ¿Cómo que os han cogido por sorpresa?
—…Íbamos Canuto y yo buscando lo que usted nos había dicho y en un descuido, nos se echaron encima esos cobardes.
—De cobardes nada mendaz, por que vaya como te han puesto, pero tú si que pareces un mentiroso.
—A ver, Canuto, cuenta tú la historia, que este no ha dicho otra tan gorda, desde que dijo que era el más rápido del grupo.
—Sí, eran cuatro, pero sólo lucharon dos y nos vencieron, sobre todo uno de ellos; ese es temible.
— Eso se acerca más a la verdad.
—Acércate, mendaz.
Este, con el rabo entre las patas, se fue acercando a su jefe. Cuando lo estuvo cerca, este le cogió una oreja y le quitó media de un mordisco.
—La próxima vez que me mientas, te cortare el cuello de un mordisco. Ahora decirme donde está ese joven, que quiero averiguar lo valiente que es.
La manada con su jefe a la cabeza, se dirigían a donde había dicho Canuto que estarían.
Los cuatros iban subiendo la ladera que se anteponía a la sierra, cuando fueron sorprendidos por la manada de Diantre, que con él a la cabeza, le estaban esperando encima de unas rocas.
—Muy buenas, ¿se puede saber qué hacen ustedes por estos mis parajes? –le dijo diantre, con voz de poder.
— Los humanos nos tenían retenidos y nos hemos escapado.
—Pues lo siento, pero se tendrán que ir a otro sitio. ¡Ah! ¿Y quién, o quiénes, de vosotros, habéis tenido el atrevimiento de hacerle daño a dos de mis lobos?
—He sido yo —dijo Ímpetu.
—Y yo —dijo Travieso.
—Con que vosotros habéis sido los valientes. A ver si sois tan valientes como me han contado mis lobos. Bravío, enseña a ese valiente cómo se pelea en mi manada y si le ganas, podréis quedaros aquí y si pierdes, ya conocéis el camino de vuelta.
Bravío era un lobo de unos tres años, con cicatrices en todo su cuerpo, era el más feroz del grupo.
Los dos se entablaron una feroz pelea.
—Tengo que ganar como sea —se decía Ímpetu, que sangraba por varios sitios. La pelea la estaba ganando Bravío; este daba aullidos de victoria, menospreciando al contrincante.
—Tú le has pegado a mis compañeros, no sé cómo lo has podido hacer, se debían encontrar enfermos, por que yo necesito una docena como tú.
Ímpetu sacó fuerzas de no sé donde y con una ferocidad poco común, empezó su ataque. Bravío, que estaba alardeando de su poderío, delante de sus compañeros y jefe, se vio sorprendido por el feroz ataque de Ímpetu y después de unos minutos de pelear a muerte, salía corriendo con el rabo entre las patas. Ímpetu estaba mal herido, pero había vencido y el jefe de los lobos así lo reconoció y después de felicitarle, le dijo que podía quedarse y que si quería unirse a ellos, tenía las puertas abiertas.
Briosa, Travieso y su hermana, fueron corriendo hacia él; este estaba mal herido y cansado.
— ¿Estás mal herido? —le preguntó Briosa.
—No os preocupéis por mí, lo importante es que he vencido y podemos quedarnos en la sierra. Las heridas físicas se curan, las otras no tanto.
— ¿A qué otras te refieres?
—A la de si hubiera perdido y hubiéramos tenido que volver atrás por mi culpa.
— ¡No hubiera pasado nada! —le dijo Briosa, con palabras llenas de orgullo y a la vez un tanto severas.
—Las cosas de la mente, si no las curas a tiempo, son más graves que las físicas.
—En eso tienes toda la razón, cuando no has hecho algo que tenías que hacer, la mente te va socavando hasta que tienes un agujero tan grande, que no puedes taparlo – le contestó Briosa, en el mismo tono.
—Hermanito, te has portado como un campeón —le dijo Isuelta, toda orgullosa. —Le has dado su merecido —dijo Travieso, con palabras orgullosas.
—Bajemos al río, que me quiero limpiar las heridas.
Los cuatro bajaron al río y estuvieron bebiendo y limpiando las heridas de Ímpetu.
El jefe, al mando de su manada, dijo:
—Nos marchamos, ya sabes lo que te he dicho antes, tú te lo piensas y ya me dirás algo.
Capítulo 6º Solos en la sierra
Los cuatro amigos, una vez curado Ímpetu, buscaron un lugar entre la maleza y se echaron a dormir.
Se había hecho de noche y el hambre empezaba a merodear por los estómagos de los cuatro amigos.
—Tenemos que buscar comida.
— ¿Tienes hambre, Travieso?
—Ya lo creo que tengo.
—Yo también tengo hambre, hermanito.
— ¿Tú no dices nada, Briosa?
— ¡Tengo! Pero tú estas herido y seguro que querrás ir a buscarla.
— Tú dime si tienes hambre.
—Claro que tengo hambre, hace mucho tiempo que no comemos.
—Saldré yo a buscarla – dijo Travieso
— Pero si tú no has cazado nunca —le dijo Briosa.
—Ya lo sé, hermana, pero alguna vez debe ser la primera.
—Y por qué no salimos los cuatro —dijo Isuelta, sabiendo que si no, irían su hermano y Travieso.
—De acuerdo, me parece buena idea —dijo Briosa.
Los cuatro merodeaban por la sierra y al no conocerla, no sabían dónde estaban las presas que ellos necesitaban.
Después de estar toda la noche buscando, lo único que pudieron conseguir, fueron un par de conejos y no muy grandes.
—No ha sido mucho, pero al menos podremos mantenernos unos días –dijo Ímpetu.
—Con esto, como mucho un día –dijo Travieso.
—Creo que he exagerado un poco, mañana tendremos que buscar más comida —decía Ímpetu.
Se estaba haciendo de día, cuando los cuatro se metieron en una cueva que habían encontrado.
— ¿No habrá nadie dentro?
—Será mejor asegurarse, vaya que nos quedemos dormidos y tengamos alguna sorpresa.
— ¡Aquí no hay nadie! Si hubiera alguien, ya nos hubiera sentido.
—Tienes razón, hermanito, si hubiera alguien, con el ruido que estamos haciendo, ya hubiera salido.
—Es un sitio muy guay, aquí no hace frío, y además, nos podemos defender mejor que a campo abierto.
—Tienes razón, hermana, este es un sitio fantástico.
Los cuatro, una vez comprobado que la cueva estaba vacía, se echaron a dormir.
Serían las doce del mediodía cuando unos disparos les despertaron. Eran unos cazadores, que le disparaban a la manada de Diantre. Varios de la manada, se metieron en la cueva; al entrar tan fuerte, chocaron con Travieso e Ímpetu, que salían hacia la puerta, para ver qué pasaba.
— ¿Qué pasa, que venéis tan asustados?
—Son muchos humanos y están disparando a matar.
Por suerte para ellos, los cazadores y los perros perseguían al resto de la manada, que iban ladera abajo, buscando unos fuertes matorrales, para esconderse.
Horas más tarde, se fue reuniendo la manada. Eran nueve, por que seis habían sido abatidos por los cazadores.
Diantre estaba mal herido y le dijo que quería ver al joven Ímpetu.
—Nosotros hemos estados hace un rato con ellos en la cueva de la roca.
—Hacerlo venir, que quiero hablar con él de un asunto muy importante.
El lobo que había hablado, junto con otro que también había entrado en la cueva huyendo de los cazadores, fueron en busca de Ímpetu. Este estaba junto con su hermana y amigos, aún en la cueva.
—El jefe quiere hablar contigo— dijo Copar, que era como se llamaba el lobo que había mandado diantre, en busca de Ímpetu.
— ¿Para qué quiere tu jefe que vaya?
— No sé, pero está mal herido y ha preguntado por ti.
Los cuatro se miraron y solamente con la mirada, estuvieron de acuerdo en acudir a la llamada de Diantre.
—Hola, joven. ¡Dejarnos solos!
Todos se apartaron a escuchar la orden de Diantre.
—Estoy mal herido y tengo que ir al grano, no puedo perder tiempo, no sé el que me queda.
—Usted dirá.
—No creo que salga de esta, estoy mal herido —dijo Diantre, reflejando la muerte en su rostro.
—No diga usted eso.
—Sí, joven, llevo mucho tiempo en esto y sé perfectamente cuando una herida es mortal. Quiero proponerte una cosa.
— Sí.
— Que seas el nuevo jefe de la manada.
—No puedo aceptarlo, usted debe de tener lobos que pueden ser perfectos jefes y tienen más derecho que yo.
—Son buenos lobos, pero ninguno tiene carisma para ser el nuevo jefe.
— No me aceptarán.
—Le he dicho que son buenos lobos y si yo les digo que tú serás su jefe, irán contigo a donde tú les digas.
—No lo puedo aceptar y menos ser jefe impuesto. Además tampoco me interesa, quiero vivir sin problemas con mi hermana y mis amigos.
— No me malinterprete, joven, quiero decir que le seguirán como lo han hecho conmigo.
En ese momento se sintieron varios disparos y todos los lobos salieron huyendo del lugar, menos ellos cuatro y Diantre, que no podía por la herida que tenía.
— Marchaos, si os quedáis aquí, os matarán.
—No podemos dejarte aquí.
—No te preocupes, yo estoy casi muerto.
—No digas eso.
—Es la verdad y me saldría muy mal, que por mi culpa, os pasara algo a vosotros.
Diantre sacó fuerzas de no sé donde y sin decir nada, salio corriendo hacía donde venían los cazadores. Estos se vieron sorprendidos y varios de ellos fueron heridos por Diantre.
— ¿De dónde ha salido esa fiera? Dispararle, dispararle, que acabará con nosotros —decía uno de los cazadores.
Ímpetu, desde la lejanía, vio como acababan con la vida de Diantre.
—Hay muchos lobos y hay que disminuir la población, si no, no podremos tener ganaderos.
—Yo admiro a esos animales, pero debemos actuar, si queremos seguir contando con los ganaderos.
—La culpa de que ataquen a los rebaños, es por que no tienen presas que puedan cazar. Las grandes presas las cazan los cazadores, en vez de dejárselas para ellos.
—Aquí las leyes permiten la caza y mientras no se cambien, no podremos impedirlo.
—Habría que cambiar primero la ley y si después de dejar a las grandes presas para ellos, siguieran atacando a los rebaños, entonces sería partidario de disminuir la población.
—Era un buen lobo.
— ¿Que te ha dicho? —le preguntaba Briosa.
—Nada importante, ¡debemos seguir!
—Sí, sigamos.
Días más tarde, fue aprobada una ley donde se permitía la caza del lobo. En poco tiempo, fueron abatidos gran cantidad de lobos, que ante la inteligencia del hombre (entre comillas), poca cosa podían hacer.
Capítulo 7º Ímpetu, príncipe de los lobos
—Tienes que ser el jefe, si no acabarán con todos, tienes que ser el jefe, tienes que ser el jefe, tienes que ser el jefe —soñaba Ímpetu.
Este llamó a sus amigos y le contó, lo que en realidad le había dicho Diantre y también el sueño que se le repetía últimamente cuando dormía.
—Hace días que no veo a los lobos de Diantre.
—Seguramente habrán sido abatidos por los humanos.
— ¿Iremos en busca de ellos? – dijo Travieso.
Todos estuvieron de acuerdo y fueron en busca de la manada, o lo que quedara de ella.
Llevaban varios días y no encontraban a ninguno.
— ¿No los habrán matado a todos?
—No creo, pues deben estar bien escondidos, por que no se ven...
—Ahí viene uno —dijo Isuelta (que estaba vigilando), antes que Briosa, terminara la frase.
Se trataba de Bravío, que como había sido vencido por Ímpetu, se había marchado temporalmente de la manada y llegaba solo.
— ¿A dónde vas tan solo? —le dijo Ímpetu.
Este se llevó un sobresalto.
— Caramba, qué susto me has dado.
—No te asustes, que aunque nos peleamos, no soy tu enemigo; el enemigo verdadero, ya sabes quien es.
—Mira si tendré mala suerte, que al único lobo que no quería ver, es el primero que veo.
— ¿Dónde has estado este tiempo?
—En un lugar que sólo sé yo, en un lugar tranquilo como pocos.
— ¿No te has enterado lo de Diantre?
—No, donde he estado no se entera uno de nada. Precisamente, ahora iba en su busca, que quiero hablar con él.
— ¡Lo han matado los humanos!
— ¡Qué me dices!
—Si y a varios compañeros tuyos también.
—Ya me ha extrañado, no ver a nadie por estos parajes.
—Los humanos han declarado la guerra.
— ¿Cómo que han declarado la guerra? Siempre han estado en guerra con nosotros.
—Ahora es mucho más, llevamos varios días buscando a tus compañeros y no hemos visto ni uno.
— ¡Habrán sido asesinados por los humanos!
— Espero que no.
—Si quieres, puedes quedarte con nosotros.
—No, seguiré mi camino solo, ustedes tendrán planes y yo lo único que haría sería modificarlos.
—Quédese, siempre será mejor estar unidos en esto —le decía Isuelta.
—Si me lo pide una lobita tan guapa, me lo pensaré.
—Si queréis os puedo enseñar el sitio donde he estado todo este tiempo, allí será muy difícil que os cojan esos humanos y lo de quedarme en el grupo, ya os diré algo.
Bravío, acompañado por los cuatro, se encaminó hacia el lugar que les había dicho.
El lugar era una cueva que había en la parte más alta de la sierra y que sólo se podía entrar en ella, a través de un pequeño orificio, que había entre dos enormes rocas.
— ¿Ya hemos llegado?
— ¡Aquí es! –dijo Travieso.
— ¡Si! –afirmó Bravio.
—Pero… —dijo Ímpetu.
—No os preocupéis, que ahora entramos en el escondite.
Todos miraban a ver si veían la entrada de la cueva. Bravío apartó unos matorrales y se introdujo por el orificio. Los cuatro le siguieron y entraron en la cueva
—…Sí que es grande –dijo Ímpetu.
—Es más de lo que parece – dijo Bravío.
— ¿Y cómo la has encontrado tú?
—Me había hablado de ella un amigo mío, que la estuvo utilizando durante mucho tiempo.
— ¿Lo sabe mucha gente?
—Sólo los de la manada, alguna vez que otra, habíamos descansado en ella.
—Se ve muy profunda, ¿la has examinado?
—Un poco, pero no toda.
— ¿Qué os parece si la examinamos ahora?
—Por mí de acuerdo.
—Y por mí.
—Yo también.
—Pues vamos.
La cueva era muy grande y bastante oscura, y después de llevar más de una hora dando vueltas al fin pudieron ver luz.
—Ahí estará el final.
—Sí que es grande la cueva, más de lo que yo pensaba.
—Se siente ruido.
Todos quedaron callados, escuchando.
—Parece el ruido de un peludo gigante.
— No será esta la casa del peludo.
—Espero que no, por que esos peludos tienen muy mala leche.
El ruido se estaba haciendo cada vez más intenso.
—Se está acercando.
—Si es un peludo, prepararse para correr.
La figura de un enorme oso se iba acercando. Este los había olido e iba en busca de ellos y no para saludarlos...
—Tenemos que despistarle y salir por aquí.
— ¿Y cómo lo hacemos?
—Yo iré en su busca y mientras lo entretengo, ustedes salen de la cueva.
La figura del oso cada vez era más grande y los resoplidos de este, se sentían como si ya estuviera allí.
Ímpetu fue en busca del oso, Este iba subiendo y cuando vio a Ímpetu, aceleró la marcha. Ímpetu era más hábil y rápido, y sin muchos problemas, se deshizo del oso. Este estaba herido en su orgullo y daba fuertes rugidos.
Fuera de la cueva, Ímpetu se reunió con sus amigos.
—Larguémonos de aquí, ese peludo puede ser muy peligroso.
Varios disparos se sintieron y por suerte, no iban contra ellos.
—Debemos tener mucho cuidado y no abandonar las zonas con matorrales, esos humanos están por todos lados —dijo Ímpetu.
—Esperar, que he sentido algo —dijo Ímpetu, que iba el primero.
Los cinco se quedaron quietos. El ruido se iba acercando lentamente entre los matorrales y todos se pusieron a la defensiva.
— ¿Qué será?
—Parecen pasos de lobos.
— Sí, eso pienso yo también —dijo Bravío, que estaba junto a Ímpetu.
Se trataba de tres supervivientes de la manada de Diantre, los únicos que habían podido escapar a la férrea persecución de los cazadores.
—Qué alegría nos habéis dado, pensábamos que todos estaríais muertos.
—Nos hemos escapado por los pelos, los humanos están más violentos que nunca.
— ¿A dónde vais?
—No tenemos rumbo, a donde nos dejen estar tranquilos.
—Con Diantre era fantástico, solíamos patrullar por toda la sierra y siempre encontrábamos comida; él sabía muy bien dónde y cómo encontrarla. Pero ahora sin jefe, cada uno irá por su lado, y en cuatro días, nos moriremos de hambre o seremos asesinados por esos humanos sin escrúpulos.
—Venirse con nosotros.
—No, Bravío, debemos seguir nuestro camino y encontrar otro jefe.
—Ímpetu, ¿quieres ser nuestro jefe?
—Yo vi cómo Diantre, antes de morir, te lo estuvo ofreciendo.
—Sí, es cierto, pero yo no me veo como jefe.
—Diantre era muy inteligente y si él te eligió a ti, sería por algo.
— Ímpetu, si tú aceptas ser nuestro jefe, yo seré tu mayor colaborador —dijo Bravío.
Al final pudieron convencerle y aceptó ser el nuevo jefe de la manada.
—Donde está el oso, será nuestro escondite. Esa cueva es fantástica y el tener dos entradas, nos puede ser de gran utilidad —dijo Ímpetu, con firmeza.
— ¿Y cómo echamos de la cueva al oso?
—Hablaremos con él, y si está de acuerdo, podemos compartirla; es muy grande y hay cabida para todos.
El oso estaba durmiendo, cuando ellos llegaron.
—Buenas, Señor Oso, queremos hablar con usted.
El oso tenía el sueño muy profundo y no se enteraba de lo que le estaban diciendo.
—Tendremos que despertarlo con algo.
—Iré yo a despertarlo —dijo Ímpetu, y acercándose al oso, le pego tal mordisco en la oreja que lo despertó.
El oso pegó un rugido de dolor y se incorporó.
— ¿Quién anda por ahí, que ha sido tan valiente en despertarme de esa forma tan miserable? A mí no se me despierta si no es por algo muy importante y menos, mordiéndome una oreja.
— Queremos compartir la cueva contigo.
— ¿Que quieren qué?, ¡estarán de broma!
—No, no es ninguna broma, Señor Oso. Tenemos muchos problemas con los humanos y tenemos que buscar refugios donde sea, si no queremos ser asesinados por ellos.
—Yo nunca he tenido problema con ellos, al revés, siempre me han ayudado. —Le caerás mejor que nosotros.
—Puede que sea eso, pero yo nunca he tenido ningún problema con ellos.
—Qué suerte la tuya.
—Yo ya sé por que no os quieren los humanos.
—Qué, ¿tú sabes por qué no nos quieren los humanos?
— ¡Sí!
—Pues dígalo, peludo, que eso será de gran ayuda para nosotros.
—Por que ustedes matáis ovejas.
— ¿Por que nosotros matamos ovejas?, las matamos para poder comer. ¿Tú no matas, para alimentarte?
—Yo no, soy vegetariano y casi nunca como carne, por eso los humanos no se meten con los de mi especie.
—Si ellos para divertirse, no mataran ciervos, jabalíes, perdices, en fin, todo lo que se mueve, nosotros tendríamos comida y no haría falta matar ovejas — dijo Bravío, con voz firme y sentimiento.
— ¿Cuántos sois? Pensaba que eras tú solo.
—Somos ocho.
— ¿Qué nos contestas, peludo? —le dijo Ímpetu.
—Que la cueva es muy grande y que podemos vivir en ella todos —dijo el oso, viendo que eran muchos para echarlos y que a lo mejor, si luchaba, terminaría siendo él, el que tendría que abandonar la cueva.
—Gracias, Señor peludo.
— ¿Sabe usted que la cueva tiene otra salida por la parte de arriba?
—No, nunca me ha dado por investigarla.
—Pues cuando quiera, te guiamos hasta la salida de arriba.
— ¿Qué parte de la cueva queréis?
—Nos da igual.
—Yo, desde que vine, ocupo esta parte.
—Por nosotros puedes seguir ahí, nos da igual un sitio que otro.
—Entonces todo arreglado.
—Todo arreglado —respondieron los amigos lobos.
Capítulo nº 8 La estrategia
Ímpetu estaba descansando y dándole vueltas a su cabeza.
—Tenemos que hacerles cara a los humanos asesinos, si no, nuestra especie tendrá problemas para mantenerse y pronto seremos menos que los linces ibéricos —dijo Ímpetu con rabia.
— ¿Y cómo podemos combatirlos, si ellos pueden morder desde lejos? —le contestó Travieso.
—Tiene que ser siendo más listo que ellos —le contestó Ímpetu.
—Creo que una buena idea sería la de asustarlos de tal manera, que no se atrevieran a entrar en nuestro territorio, así a las presas nuestras no las matarían – dijo Ímpetu.
— ¿Y como los asustamos? Esa es la gran pregunta, cómo lo hacemos —dijo bravío.
—La única forma que se me ocurre para asustarlos, es la de sorprender a los asesinos cuando vienen por aquí, quitarles esos artilugios que muerden a distancia y correr tras ellos, hasta que estén bien lejos —dijo Ímpetu, con firmeza.
Todos estuvieron de acuerdo, y al día siguiente, la manada con Ímpetu a la cabeza, empezó a llevar a cabo lo que habían planeado, y en tres meses, nadie se atrevía entrar en la sierra.
—Y dices que se llevaron tu escopeta –contestaba el alcalde, a la pregunta de un cazador.
—Sí, esos lobos saben lo que hacen.
—Sería por casualidad.
—En los últimos tres meses, todos los cazadores que hemos ido de caza a la sierra, hemos venido sin escopeta y perseguidos por los lobos hasta donde empieza la campiña y todo eso, no creo que sea casualidad.
—No cabe en mi cabeza, que un lobo sea capaz de llevarse una escopeta y persiga a una o varias personas, sin morderle, hasta los límites de la sierra —dijo el alcalde del pueblo, en una sección extraordinaria, del ayuntamiento.
—Es lo que esta pasando, Señor Alcalde.
—Habrá que investigar a fondo todo esto, la gente exagera mucho.
—Sí, eso también es verdad, la gente tiende a inventar cosas raras.
Días más tarde, fueron gente del ayuntamiento, junto con cazadores agredidos para verificar lo que se decía en la calle.
Estos, al no llevar escopetas, fueron dando las vueltas que quisieron por la sierra, sin que le atacaran, ni vieran un solo lobo.
—Ves cómo exageran, la gente con una cosa así de pequeña, se inventan otra así de grande – decía el alcalde, que se ayudaba de sus brazos, para explicarse mejor.
Señor alcalde, déjeme que saque la escopeta.
—Como que le deje que saque la escopeta, pero no debía usted, que se la habían quitado los lobos.
—Esta es otra escopeta, señor alcalde.
— Ah, pensaba que usted se la había arrebatado a los lobos.
— A los lobos, a esos demonios no me acerco yo, ni loco.
— Si usted quiere, puede coger la escopeta que ha mencionado antes, aunque no sé para que la quiere coger.
— Por que si me ven con la escopeta, seguro que nos atacan y así se cree usted lo que le contamos.
—No lo creo, pero si usted lo dice.
El cazador se dirigió a su coche, que estaba a unos diez metros, mirando hacia todos los lados, con cara asustadiza. Este tenía la escopeta en el portamaletas del todo terreno, que solía llevar cuando iba de caza, y cuando cogió la escopeta y coincidiendo en el momento, se sintió el aullido de un lobo. El cazador, que tenía miedo para exportar, salió corriendo hacia donde estaba el alcalde, sin la escopeta.
—Pero señor Francisco, cómo siendo usted cazador, le tiene tanto miedo al aullido de un lobo.
—Es superior a mí, Señor Alcalde.
Varios concejales y cazadores que estaban cerca, al ver a Francisco correr y con aquella actitud, se acercaron para ver lo que pasaba.
— ¿Qué pasa, Señor Alcalde? —le preguntaba uno del ayuntamiento.
—Nada, que Francisco se ha asustado, al oír el aullido del lobo.
—Hombre, no hace muchas gracias escuchar esos aullidos, pero de eso a asustarse.
—Es lo que te decía antes, de una cosa pequeña, se hace una montaña. Llevamos toda la mañana dando vueltas y no se ha visto un lobo, lo mejor es que nos marchemos.
—Sí, será lo mejor.
— ¿Qué te pasa, Francisco, que estas tan asustado?
—El lobo, Juan, el lobo.
—Pero si no hemos visto ni uno.
—El aullido, el aullido.
—Si, eso sí lo hemos escuchado, pero eso se escucha muchas veces y nunca ha pasado nada.
—Yo no vengo más de caza.
—Pero Francisco, con lo que te gusta todo esto.
—Me gustaba, Juan, me gustaba.
Fue pasando el tiempo y ciervos, jabalíes, liebres, perdices y demás animales que mataban los cazadores para divertirse, fueron creciendo en población y los lobos fueron recuperando su paraíso perdido, por que el paraíso es eso, tener comida, un hábitat saludable y cariño. Si tienes esas tres cosas cubiertas, puedes decir que estas en un paraíso y que esto no se confunda con la felicidad, por que hay quien tiene todo eso y no es feliz. El ser feliz, es otra cosa.
Y como casi todo termina, este cuento ha terminado.
GJPavón
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sábado, 14 de agosto de 2010
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