sábado, 14 de agosto de 2010

El paraiso perdido

El paraíso perdido

Capítulo 1º Los cuidados de mamá

Cogidos con mucho cariño, la mama loba cambiaba de sitio a sus dos cachorros. El primero en cambiar fue a la pequeña lsuelta, que movía las patitas, mientras su madre (entre sus afilados colmillos), la llevaba cogida con mucha delicadeza, a un lugar más seguro. La mamá loba, una vez dejado a su cachorro y asegurarse que el sitio elegido no presentaba peligro alguno, volvió en busca de Ímpetu, que era como se llamaba su otro cachorro.
Una vez que toda la familia estuvo en la nueva lobera, la mama loba le dio de mamar a sus dos cachorros y luego los tres se echaron a dormir.
La madre había tenido una noche muy ajetreada, al intentar escapar de unos pastores, que al descubrirla mientras se estaba comiendo una oveja, le dispararon varias veces. Por suerte para ella y para sus dos cachorros, los pastores no eran buenos tiradores y erraron los disparos. Después, la estuvieron persiguiendo un buen rato con varios perros, hasta que consiguió despistarlos y estos, desistieron de la violenta y dura persecución.
La mamá loba, al haber sido descubierta por los pastores mientras comía, no había podido hartarse de comer y después de haber amamantado a sus dos cachorros y descansar varias horas, estaba de nuevo hambrienta, lo mismo que sus dos cachorros.
—Hijitos, os tengo que dejar de nuevo (aunque no me gusta salir de día, es muy peligroso), estoy hambrienta y si no como, no podré generar leche para vosotros –le decía la mamá loba, con mucha tristeza.
Serían las doce del mediodía, cuando la mamá loba salía en busca de comida. La sierra, que era donde ella y todos sus antepasados habían cazado desde el principio de los tiempos, estaba menguando alarmantemente, dejando sólo la parte más alta de la misma, para recobijo de los animales salvajes como ellos. De las presas que siempre había conseguido su sustento, más de lo mismo, cada vez eran más escasas. Todo esto había sido producido por el hombre, que siendo el más inteligente de todos los animales de la tierra, era a la vez, el más destructivo y el menos solidario de todos.
La mamá loba llevaba varias horas merodeando por la zona y no había forma de encontrar presa alguna. Lo único que había visto hasta el momento, era el rebaño de ovejas, que pastaban en un verde y amplio prado. Estas estaban muy bien protegidas por los pastores y por sus perros, y con lo que había tenido ya la noche anterior con los pastores, no quiso aventurarse y sé fue alejando del lugar.
Caminaba muy triste, por que sabía que sus hijos estaban hambrientos y que si no encontraba comida pronto, lo pasarían muy mal. En su desesperación, miró al cielo y vio como varios buitres volaban en círculo. Eso era señal inequívoca de que cerca de allí habría algún animal muerto.
La mamá loba husmeando, empezó a caminar hacía donde su fino olfato le iba indicando que estaría el cadáver. Se trataba de la oveja que había matado la noche anterior, los pastores la habían llevado cerca de un riachuelo, donde había una espesa arboleda y grandes matorrales. La mamá loba, con el hambre que tenía, no tardó mucho en encontrar el cadáver, y aunque ella prefería la carne fresca, estaba tan hambrienta que no se lo pensó dos veces y empezó a comer lo más deprisa que pudo.
Los buitres, que cada vez eran más, fueron bajando y acercándose al cadáver. Estos empezaron a incordiar a la mamá loba, hasta que consiguieron echarla, pero esta ya se había hartado de comer, y en pocos minutos, sólo quedaban los huesos de la oveja.
Los buitres habían hecho su gran trabajo de limpieza del campo. Si no fuera por estos limpiadores implacables, infecciones, olores y enfermedades, habría muchas más de las que hoy en día hay, que ya son muchas.
Los dos cachorros dormían placidamente y cuando su madre entró en la lobera, estos que dormían para no pensar en el hambre que tenían, al oírla llegar, se abalanzaron sobre ella, buscando las tetas de su madre con desesperación, para alimentarse. La mamá loba se echó y sus cachorros pudieron hartarse de la apetitosa leche de su madre.
Serían las seis de la tarde, cuando madre e hijos se despertaron y salieron de la lobera.
Ímpetu e Isuelta, que estaban bien alimentados, jugaban con su madre a coger la cola. Ímpetu, aunque era aún muy pequeño, ya daba señales de quién sería el que mandaría en el futuro.
—No me aprietes la oreja, Ímpetu, que me haces daño.
—Pero si no estoy apretando. Qué blandita eres, hermanita —le decía Ímpetu, moviendo la cabeza, con la oreja de su hermana en su boca.
La mamá loba, viendo que Ímpetu no soltaba a su hermana, le regañó, enseñándole los afilados colmillos.
—Mamá, no le hago daño, ¡es que es muy blandita!
— Si le coges otra vez la oreja a tu hermana, te cortaré una de las tuyas de un mordisco.
Ímpetu se reprimió, pero era tanta la energía que tenía, que empezó a dar vueltas alrededor de un árbol, hasta que quedó exhausto.
— ¿Qué te pasa, hermanito?
—Déjame, Isuelta. Por tu culpa, me ha regañado mamá.
—No era mi intención, pero me dolía mucho la oreja.
— ¡Qué blandita eres, hermanita!
—No soy una blandita y no me lo digas más.
—No te enfades, hermanita, que es de broma.
Sobre las ocho de la tarde, madre e hijos, se metieron en la lobera, para pasar la noche.

Capítulo 2º Huérfanos
Serían las siete de la mañana, cuando la loba salió de la lobera y se dio un paseo por los alrededores; luego, volvió de nuevo a la lobera. Los dos cachorros estaban ya despiertos y con mucha hambre. La mamá loba les ofreció sus ubres y estos estuvieron mamando hasta que quedaron saciados.
Un fuerte impacto se sintió y todos los animales de la zona salieron corriendo asustados. La mamá loba, que después de haberles dado de mamá se había retirado unos metros de la lobera, para vigilar mejor a sus cachorros, fue abatida por los disparos de unos cazadores.
Los dos cachorros, al oír el fuerte ruido, fueron en busca de la protección de su madre. Esta estaba herida de muerte y sólo pudo decir.
—Cuida a tu hermana, cuida a tu hermana —y con la pena de dejar a sus indefensos hijos solos, en aquel duro mundo, cerró los ojos.
Los dos cazadores llegaron a donde estaban y uno de ellos, el que había matado a la madre, al ver a los dos cachorros, les apuntó con la escopeta para matarlos.
—No le dispares, los podemos vender al zoológico —le dijo el otro cazador, levantándole la escopeta.
—Nunca me toques la escopeta, Hilario —le dijo con toda la maldad del mundo y voz fría como el hielo.
Ramón, que era un ser de aspecto siniestro y con barba de varios días sin afeitar, parecía el mal personificado. Hilario (que era todo lo contrario que su compañero) al oír aquellas palabras tan frías, se disculpó.
—Perdona, Ramón. No pensaba que te ibas a poner así.
— ¿Cómo me he puesto? Al final me harás enfadarme de verdad –volvió a decir Ramón, con el mismo tono.
—Si te vas a poner así, yo me marcho y que te den –le dijo Hilario, sacando fuerzas de adentro, por que se había quedado cortado (por las tan indeseables palabras de Ramón) y se marchó en busca del coche.
Ramón, al ver que Hilario se marchaba de verdad, cambió el tono de voz y le dijo que no le hiciera caso, que eso de que le toquen la escopeta, no lo podía soportar y que por eso se ponía así de tan mal humor, que le perdonara y que los dos cachorros los podía llevar al zoológico, o donde él quisiera.
Hilario, al oír aquello, se dio media vuelta.
—Si te pones otra vez así, no saldré de caza nunca más contigo, y no entiendo cómo has tenido valor de matar a la loba, después de las veces que lo hemos hablado. No tienes corazón, eso es lo que te pasa, que no tienes corazón.
—Los pastores me lo agradecerán.
—Eso no te lo agradecerá nadie. Tú sabes que siempre hemos discutido sobre eso, que son animales protegidos y que hay que cuidarlos, no matarlos.
—Estos no son animales de provecho, ademán son dañinos, matan ovejas y todo lo que pillan.
—Por que no encuentran presas; su hábitat, se lo estamos destrozando nosotros y cada día hay menos animales, de los que ellos se suelen alimentar.
—Eso se lo cuentas a los pastores, a ver qué te dicen.
—Mira lo que has conseguido. ¿No te da pena haberlos dejados huérfanos?
— Pues no, ¿no soy tan humanitario como tú?
—Si no los llevo a un zoológico, los dos cachorros morirán de hambre.
—Por mí puedes hacer con ellos lo que quieras.
Hilario se agachó cerca de los cachorros y con suave voz, fue acercando su mano. Ímpetu, al ver que Hilario le acercaba la mano, le sacó los colmillos y se puso delante de su hermana, para defenderla.
El mal por desgracia ya estaba hecho, ahora sólo había que pensar, el como ayudarles para que no se murieran de hambre.
—Creo que lo mejor será que os lleve al zoológico, allí podréis haceros grandes y fuertes. Si os dejo aquí moriréis de hambre, sois todavía muy pequeños. Si pudiera, os llevaría conmigo, pero vivo en un piso y no tengo espacio para ustedes.
—No os asustéis, pequeños, que sólo quiero ayudaros.
Hilario se confió, e Ímpetu, que defendía con furia a su hermana, le lanzó un mordisco, hiriéndole en un dedo. Este dio un pequeño grito de dolor, cogiendo el dedo mordido, que le sangraba abundantemente.
—Eso te pasa por ser tan benévolo con esas fieras. ¡Déjame que le pegue un tiro!
—Se está defendiendo, mira como protege a su hermana.
—Tonterías tuyas, lo que pasa es que son animales salvajes y actúan como tales; y si te descuidas le sirves de almuerzo.
Hilario sacó una petaca de coñac y se la echó por el dedo mordido; luego sacó un pañuelo y se lo lió.
—Ayúdame a cogerlos, que los meteré en este saco.
—Te ayudaré, pero si uno de los dos me muerde, le pego un tiro y te lo digo de verdad.
Después de alguna que otra protesta, por parte de Ramón, los dos cachorros fueron introducidos en un saco.
—Qué sanos están, la madre debió ser muy buena cazadora, para mantenerlos tan bien alimentados a los dos cachorros, con la escasez de presas que hay – decía Hilario en voz alta, pero sin mirar a Ramón.
—Yo ya me marcho, tengo que llevarlos al zoológico.
—Yo también me voy, estamos muy lejos para irme andando.
Los dos cazadores se montaron en el todo terreno de Hilario y se marcharon hacia el zoológico.


Capítulo 3º El zoológico


—Por favor: quisiera hablar con el encargado del zoológico, he encontrado unos cachorros de lobo y quisiera dejarlos aquí —le preguntaba Hilario a un trabajador del zoológico, que había en la puerta.
—Esperen un momento, que ahora llamo al encargado —le contestó el señor que había en la puerta y de seguida marcó un número en un móvil que se sacó del bolsillo.
A los cinco minutos, salía un señor de unos cuarenta años de edad, que al llegar a la puerta y hablar unos segundos con el portero, se dirigió hacia donde estaba Hilario con los cachorros.
— ¡Buenas tardes! ¿En qué puedo servirle? – le dijo el encargado.
— He encontrado a dos cachorros de lobo y los quisiera dejar aquí. Son muy pequeños y se hubieran muerto de hambre si los hubiera dejado en el bosque.
—Ha hecho usted lo correcto, si se quedan sin la madre, mueren de hambre o son devorados por otros animales. Déjeme que los vea.
Hilario abrió el saco, para que el encargado los viera.
—Están muy sanos, se han debido quedar huérfanos hace muy poco.
—Sí, hemos visto a su madre muerta esta mañana.
—Habrá sido algún cazador sin alma, de esos que tenemos tantos en este país.
–Seguramente.
— Venga conmigo, que los llevaremos al veterinario, para que los examine.
Hilario, con los dos cachorros dentro del saco, acompañó al encargado hacia la enfermería.
— ¡Felipe!
— ¡Sí!
—Examina a estos cachorros, los ha encontrado este señor en el bosque y quisiera saber en qué estado se encuentran.
El veterinario, con mucha veteranía, sacó del saco a Ímpetu, que pataleaba e intentaba escaparse de sus expertas manos.
—Se han debido quedar huérfanos hace muy poco, han mamado hace cuatro o cinco horas.
—Hemos visto a su madre muerta, algún desalmado la ha debido mata, por eso los hemos traído.
—Si los siguen matando de esa manera, pronto no quedará uno —le dijo el veterinario, con dolor y sentimiento.
—Me tengo que marchar, se me está haciendo tarde.
— Espere que le pague.
—No, no me tiene que pagar nada; el haberlos salvado, ya me gratifica.
— Muchas gracias por haberlos traído, si la gente fuera como usted, no habría tantas especies amenazadas, pero por desgracia para ellas, como usted no hay muchos.
Hilario se subió al coche y lo arrancó sin decir palabra alguna.
— ¿Qué te han dicho, que parece que has visto al mismo diablo?
Este, seguía conduciendo sin contestar.
—Caramba, cómo te pones por una loba de mierda.
Hilario pegó un fuerte frenazo y le dijo a Ramón que se bajara del coche y que se buscara otro compañero de caza, y que a él, lo olvidara.
— Sí, será lo mejor, con blandos de mierda como tú, es mejor no ir ni de copas. Hilario no le contestó. Arrancó el coche y se marchó.
Los dos cachorros, una vez comprobado su salud, los llevaron a una jaula, para posteriormente llevarlos junto con varios lobos y lobas que tenían en el zoológico.
—Estoy muy asustada, Ímpetu, y aquí hay muy poco espacio para moverse.
—No te preocupes, hermanita, en cuanto podamos, nos iremos de aquí.
—Echo mucho de menos a mamá.
—Yo también la echo mucho de menos y ahora intenta dormir, hermanita. —Tengo frío, mamá nos daba calor con su cuerpo.
—Tenemos que aprender a vivir sin nuestra madre; pégate a mí, que nos daremos calor el uno al otro.
Los dos cachorros se juntaron, y dándose calor uno al otro, se quedaron dormidos.
Los primeros rayos de sol penetraban por las ventanas y el pequeño Ímpetu ya estaba despierto.
—Tengo que salir de aquí, si no me moriré de un ataque de ansiedad, necesito más espacio para moverme. Esto está muy duro y yo aún tengo los dientes pequeños —decía Ímpetu, que mordisqueaba con rabia los barrotes de la jaula.
Sobre las nueve de la mañana se acercó una chica con dos biberones en la mano. Ímpetu se puso a la defensiva y le sacó los colmillos.
—No os asustéis pequeños, que sólo os quiero dar de comer —dijo la chica, y les ofreció los biberones.
Estos no sabían lo que era y los rechazaban.
La chica se dio cuenta enseguida, que ella sola no podría darle los biberones, y salió unos segundos del pabellón; luego llegó acompañada por un compañero, joven como ella.
El compañero que vino, con mucha habilidad sacó a Ímpetu y mientras lo sujetaba, la chica le ofrecía el biberón. Se estuvo resistiendo un poco, pero en cuanto probó la leche, no dejo de chupar con fuerzas hasta que se la terminó. Isuelta estaba agresiva igual que su hermano y también le pasó lo mismo que a él; en cuanto probó la leche, no paró hasta que se acabó el biberón.
—No está lo mismo que la de mamá, pero está también muy rica.
—Sí, hermanito, no es lo mismo, pero nos tendremos que acostumbrar a ella.
Días más tarde, los dos hermanos fueron introducidos en la jaula de los lobos. Era una jaula de unos cien metros cuadrados, donde habitaban dos lobos, cuatro lobas y seis cachorros de la edad de ellos.
En cuanto entraron en la jaula, los seis cachorros fueron a donde estaban ellos.
—Hola –dijo una de las cachorras.
Ímpetu le contestó lo mismo y otro de los cachorros le sacó los dientes y le preguntó que a dónde iban.
—Nos han traído dos humanos a este sitio tan raro, todo lleno de barrotes.
—Hola pequeños, ¿dónde está vuestra madre?— le preguntó Tristá, que era como se llamaba la loba madre de todos los cachorros.
— Está muerta, la ha matado uno de los humanos que nos ha traído aquí.
Los dos lobos estaban tumbados y al oír decir lo de la madre, se acercaron. — ¿Qué has dicho, pequeño?
— Que un humano ha matado a mi madre.
—Hay muchos humanos que no tienen corazón y matan por matar, no como nosotros, que lo hacemos para poder comer.
—Papá, yo nunca he visto matar para comer.
—Ya lo sé, hijo, que nunca lo habéis visto. ¡Ustedes habéis nacido aquí y sólo conocéis esto!
— ¿Y qué hay fuera de aquí, papá?
— Muchas cosas, hijo, muchas cosas, buenas y malas; no penséis que todas son buenas. Aquí la vida es más fácil, por que te dan la comida y no te tienes que preocupar de nada, pero esto ni es vida ni es nada —dijo Podo, que era como se llamaba el lobo y padre de todos los cachorros. El otro lobo se llamaba Nodo, era más pequeño y aún no tenía ningún descendiente.
—Papá, me gustaría conocer la vida de fuera y así poderla comparar.
—Ya, pero los humanos no nos dejaran salir de aquí. No sé por qué os ha entrado tantas ganas de salir de aquí. Fuera de aquí, el poder comer, cada día cuesta más y tú lo sabes, no sé por qué animas a tus hijos a conocer lo de fuera, sabiendo lo que realmente hay.
— Será más difícil, Nodo, pero se es libre y eso no tiene precio.
—Para qué quiere uno ser libre, si pasas hambre. Si hubiera comida como antes, estaría contigo, pero sabiendo lo que hay fuera, prefiero lo de aquí.
—Cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo en cuanto pueda, me largo al bosque.


Capítulo 4º La escapada

Tres meses más tarde.
Ímpetu se había convertido en un joven fuerte y era el líder del grupo de jóvenes.
—Ímpetu, te veo muy triste— le decía Briosa, que era como se llamaba una joven y valiente lobita.
—Cada día que pasa, me cuesta más trabajo estar aquí entre estos barrotes. Tengo que salir de aquí como sea, sino me moriré de un ataque de ansiedad.
—Yo también quiero salir de aquí y conocer lo de fuera.
— ¿Tus hermanos qué dicen?
—Todos quieren salir de aquí, el único que no quiere es Nodo, que dice lo de siempre, que aquí se lo dan todo y que lo de fuera no le traen buenos recuerdos.
—Pues que se quede, el resto está por salir de aquí en cuanto haya una oportunidad.
—Nos reuniremos y buscaremos el cómo salir de aquí –dijo Ímpetu, dando a continuación un largo aullido.
Todos los jóvenes se reunieron con Podo y estuvieron analizando el cómo salir de allí
—Hay que hacerlo cuando nos traigan la comida y aprovechar el momento en que la puerta esté abierta.
—Casi siempre vienen dos humanos y uno se suele quedar cerca de la puerta. —Es verdad, será muy difícil hacerlo con el humano cerca de la puerta.
—Si el problema es ese, lo que tenemos que pensar es cómo alejarlo de la puerta.
Todos estuvieron dando vueltas por la jaula, hasta que Ímpetu habló.
—Ya lo tengo —dijo —ya sé cómo distraer al humano.
Todos se lo quedaron mirando, esperando que dijera cómo hacerlo.
Atacar al que entre, para que el otro vaya en su ayuda, ¿qué os parece?
— Si no cierra la puerta antes de acudir en su ayuda.
—Esperemos que sólo la deje entornada.
—Una pregunta. Si le estamos atacando, ¿cómo podemos salir de la jaula?
—Ese sí que es un verdadero problema, por que todos nos queremos marchar —decía Ímpetu, con tristeza.
—Nodo no quiere marcharse —dijo Briosa.
—Es verdad, Nodo no quiere marcharse, él nos puede ayudar –le contestó Ímpetu, con más alegría.
—Hablaré con él —dijo Podo.
Nodo estaba echando la siesta en uno de los patios que había con árboles y Podo se dirigió a él.
— ¡Hola, Nodo! ¿Qué haces?
—Ya lo ves, lo de siempre, nada, echar la siesta.
—Pero si no son horas de eso.
— ¿Y quién dice que la siesta se eche a una determinada hora?
—En eso tienes toda la razón.
—Cuando no me pones mucho la contra… Lopo, ¿es que quieres algo?
— ¡Si!...
—Desembucha, Lopo, que te conozco.
—…Queremos irnos de aquí.
—Eso no es nuevo, desde que llegamos, lo estas diciendo.
— Ahora es distinto, tenemos un plan.
— ¡Un plan!
—Sí, un plan.
— ¿Y en qué consiste ese plan, que os hace falta mi ayuda?
— Queremos aprovechar la hora de la comida.
—No lo entiendo.
—Sí, ahora te lo explico, atacar al que entra la comida, para que el que se queda en la puerta vigilando, vaya en su ayuda.
— No está mal, ¿de quién ha sido la idea?
—De Ímpetu.
—Ya me parecía a mí. Ese joven llegará lejos y por lo que deduzco, ustedes quieren que yo sea el que ataque al vigilante.
—Ya, como tú no quieres salir, hemos pensado que si no quieres salir, al menos nos podrías ayudar.
—Contar con mi ayuda. Aunque si lo conseguís, me voy a quedar muy solo.
Habían pasado varios días, y como de costumbre, llegaron dos vigilantes y era el día elegido.
Todos estaban a la expectativa, menos Nodo, que estaba escondido cerca de donde dejaban la comida. El vigilante se llevó un gran susto, cuando cortándole el camino de regreso, estaba Nodo enseñándole sus afilados colmillos. Este pidió ayuda al compañero que había en la puerta. El vigilante que se había quedado en la puerta, al oír a su compañero, entornó la puerta y salió corriendo hacía donde se encontraba su compañero. Nodo, al ver llega al otro vigilante, desistió enseguida y se fue para el patio. El vigilante que había entrado en ayuda del compañero, al ver que estaba todo en orden, salió enseguida y al salir de la parte cubierta de la jaula, vio como se escapaban por la puerta los más jóvenes. Este salió corriendo hacía la puerta y pudo evitar que se salieran todos. Solo consiguieron escapar seis jóvenes, Podo y la madre de los cachorros; al resto los pudo detener el vigilante.
Los vigilantes sorprendidos, empezaron a pedir ayuda y enseguida estuvo todo lleno de compañeros buscando a los escapados. Estos habían conseguido salir del zoológico y se habían introducido en un pequeño bosque que había cerca del zoológico. Los vigilantes estuvieron rastreando la zona, pero se hizo de noche y lo tuvieron que dejar para el día siguiente.
—Debemos aprovechar la noche para alejarnos lo más que podamos de aquí – dijo Ímpetu.
Podo estaba triste, por que se habían quedado dos de sus hijos, que también querían salir de la jaula. La madre que se llamaba Adosa, también estaba muy triste por el mismo motivo.
—No estéis tristes, padres, que en cuanto podamos, volveremos por nuestros hermanos.
—No lo puedo evitar, Briosa, tus hermanos estaban tan ilusionados con salir.
—Ya lo sé, mamá, pero quédate tranquila, que ellos estarán bien y en cuanto podamos, iremos a sacarlos.
Aprovechando la noche, como había dicho Ímpetu, y guiados por Podo, se alejaron más de cuarenta kilómetros del zoológico.
—Debemos llegar a la sierra, allí estaremos en nuestra verdadera hábitat – decía Podo.


Capítulo 5º Regreso a la sierra


El sol estaba saliendo y los primeros rayos de sol asomaban entre los verdes naranjos, que precedían el camino elegido por Podo y los suyos.
Era la época de la recogida de la naranja y los recogedores iban llegando unos en moto, otros en coche y algunos andando.
—Debemos escondernos; si nos ven, tendremos problemas con los humanos.
—Sí, será lo mejor —dijo Ímpetu, con voz segura.
Se habían escondido entre los matorrales de un pequeño arroyo que había en la parte baja del naranjal.
Temiendo que algún humano los descubriera, permanecían en alerta.
Los vigilantes del zoológico habían seguido las huellas y se acercaban peligrosamente a ellos. Ímpetu estaba encima de un viejo tronco caído y vio cómo se acercaban varios humanos con perros.
—Debemos largarnos de aquí, ¡nos vienen siguiendo!
Entre los matorrales y sin salir del arroyo para no ser vistos por los recogedores de naranjas, emprendieron la huida. Los vigilantes del zoológico, que iban en dos todo terreno, cada vez estaban más cerca de ellos. Ímpetu dijo que había que separarse si no querían que los pillaran a todos.
Los vigilantes llevaban dardos con somníferos y fueron pillándolo a todos menos a Ímpetu, Isuelta, Briosa y Travieso, que eran más veloces y consiguieron escapar.
Los vigilantes metieron en jaulas a los cogidos y regresaron al zoológico con ellos.
Los cuatro estuvieron esperando en lo más alto de la sierra a sus familiares y amigos, pero estos no llegaban y después de haberlos estado esperando un buen rato, decidieron emprender la marcha.
Briosa y Travieso, caminaban con tristeza, pensando en la suerte de su familia, cuando fueron sorprendidos por dos lobos.
— ¿A dónde van ustedes por estos parajes?
—Perdonen, pero vaya susto que nos habéis dado —dijo Briosa, que fue la primera en verlos.
—Le he preguntado, que a dónde van ustedes, no el susto que se han llevado —volvió a preguntar el lobo que había preguntado antes, con voz de desprecio.
Travieso enseñó los colmillos y se puso delante de su hermana.
—Mira el cachorro, lo valiente que es, se pone a defender a su novia.
—No es mi novia, es mi hermana.
— ¿Qué pasa aquí? –dijo Ímpetu, que se había adelantado un poco con su hermana, para no molestar a Briosa y Travieso, en la tristeza por la perdida de su familia.
— ¿Y tú de dónde sales?
—Vengo con ellos, ¡son mis amigos!
—Pues ya os estáis marchando de aquí, si no queréis que os devoremos.
—La sierra es de todos.
—La sierra es de don Diantre, que es nuestro jefe.
— Pues tendrás que devorarme como dices, por que yo no me marcho de aquí. —Si es lo que queréis, os complaceremos.
—Vosotras quedaos ahí. Con Travieso y yo, nos sobramos para darle su merecido a estos.
Los cuatros entraron en una feroz pelea, saliendo victoriosos Travieso e Ímpetu.
—Ahora le contáis a vuestro amo, que dos jóvenes os han dado una buena paliza —le dijo Ímpetu, con firme voz.
Los dos lobos ensangrentados y con el rabo entre las piernas, se alejaban del lugar.
Diantre era el jefe de una manada de unos quince lobos.
— ¿Qué os ha pasado, que estáis mordisqueados por todo el cuerpo? ¿No os habréis enfrentado a esos peludos tan grandes?
—No, don Diantre, han sido cuatro lobos. Nos han cogido por sorpresa y…
— ¿Cómo que os han cogido por sorpresa?
—…Íbamos Canuto y yo buscando lo que usted nos había dicho y en un descuido, nos se echaron encima esos cobardes.
—De cobardes nada mendaz, por que vaya como te han puesto, pero tú si que pareces un mentiroso.
—A ver, Canuto, cuenta tú la historia, que este no ha dicho otra tan gorda, desde que dijo que era el más rápido del grupo.
—Sí, eran cuatro, pero sólo lucharon dos y nos vencieron, sobre todo uno de ellos; ese es temible.
— Eso se acerca más a la verdad.
—Acércate, mendaz.
Este, con el rabo entre las patas, se fue acercando a su jefe. Cuando lo estuvo cerca, este le cogió una oreja y le quitó media de un mordisco.
—La próxima vez que me mientas, te cortare el cuello de un mordisco. Ahora decirme donde está ese joven, que quiero averiguar lo valiente que es.
La manada con su jefe a la cabeza, se dirigían a donde había dicho Canuto que estarían.
Los cuatros iban subiendo la ladera que se anteponía a la sierra, cuando fueron sorprendidos por la manada de Diantre, que con él a la cabeza, le estaban esperando encima de unas rocas.
—Muy buenas, ¿se puede saber qué hacen ustedes por estos mis parajes? –le dijo diantre, con voz de poder.
— Los humanos nos tenían retenidos y nos hemos escapado.
—Pues lo siento, pero se tendrán que ir a otro sitio. ¡Ah! ¿Y quién, o quiénes, de vosotros, habéis tenido el atrevimiento de hacerle daño a dos de mis lobos?
—He sido yo —dijo Ímpetu.
—Y yo —dijo Travieso.
—Con que vosotros habéis sido los valientes. A ver si sois tan valientes como me han contado mis lobos. Bravío, enseña a ese valiente cómo se pelea en mi manada y si le ganas, podréis quedaros aquí y si pierdes, ya conocéis el camino de vuelta.
Bravío era un lobo de unos tres años, con cicatrices en todo su cuerpo, era el más feroz del grupo.
Los dos se entablaron una feroz pelea.
—Tengo que ganar como sea —se decía Ímpetu, que sangraba por varios sitios. La pelea la estaba ganando Bravío; este daba aullidos de victoria, menospreciando al contrincante.
—Tú le has pegado a mis compañeros, no sé cómo lo has podido hacer, se debían encontrar enfermos, por que yo necesito una docena como tú.
Ímpetu sacó fuerzas de no sé donde y con una ferocidad poco común, empezó su ataque. Bravío, que estaba alardeando de su poderío, delante de sus compañeros y jefe, se vio sorprendido por el feroz ataque de Ímpetu y después de unos minutos de pelear a muerte, salía corriendo con el rabo entre las patas. Ímpetu estaba mal herido, pero había vencido y el jefe de los lobos así lo reconoció y después de felicitarle, le dijo que podía quedarse y que si quería unirse a ellos, tenía las puertas abiertas.
Briosa, Travieso y su hermana, fueron corriendo hacia él; este estaba mal herido y cansado.
— ¿Estás mal herido? —le preguntó Briosa.
—No os preocupéis por mí, lo importante es que he vencido y podemos quedarnos en la sierra. Las heridas físicas se curan, las otras no tanto.
— ¿A qué otras te refieres?
—A la de si hubiera perdido y hubiéramos tenido que volver atrás por mi culpa.
— ¡No hubiera pasado nada! —le dijo Briosa, con palabras llenas de orgullo y a la vez un tanto severas.
—Las cosas de la mente, si no las curas a tiempo, son más graves que las físicas.
—En eso tienes toda la razón, cuando no has hecho algo que tenías que hacer, la mente te va socavando hasta que tienes un agujero tan grande, que no puedes taparlo – le contestó Briosa, en el mismo tono.
—Hermanito, te has portado como un campeón —le dijo Isuelta, toda orgullosa. —Le has dado su merecido —dijo Travieso, con palabras orgullosas.
—Bajemos al río, que me quiero limpiar las heridas.
Los cuatro bajaron al río y estuvieron bebiendo y limpiando las heridas de Ímpetu.
El jefe, al mando de su manada, dijo:
—Nos marchamos, ya sabes lo que te he dicho antes, tú te lo piensas y ya me dirás algo.


Capítulo 6º Solos en la sierra


Los cuatro amigos, una vez curado Ímpetu, buscaron un lugar entre la maleza y se echaron a dormir.
Se había hecho de noche y el hambre empezaba a merodear por los estómagos de los cuatro amigos.
—Tenemos que buscar comida.
— ¿Tienes hambre, Travieso?
—Ya lo creo que tengo.
—Yo también tengo hambre, hermanito.
— ¿Tú no dices nada, Briosa?
— ¡Tengo! Pero tú estas herido y seguro que querrás ir a buscarla.
— Tú dime si tienes hambre.
—Claro que tengo hambre, hace mucho tiempo que no comemos.
—Saldré yo a buscarla – dijo Travieso
— Pero si tú no has cazado nunca —le dijo Briosa.
—Ya lo sé, hermana, pero alguna vez debe ser la primera.
—Y por qué no salimos los cuatro —dijo Isuelta, sabiendo que si no, irían su hermano y Travieso.
—De acuerdo, me parece buena idea —dijo Briosa.
Los cuatro merodeaban por la sierra y al no conocerla, no sabían dónde estaban las presas que ellos necesitaban.
Después de estar toda la noche buscando, lo único que pudieron conseguir, fueron un par de conejos y no muy grandes.
—No ha sido mucho, pero al menos podremos mantenernos unos días –dijo Ímpetu.
—Con esto, como mucho un día –dijo Travieso.
—Creo que he exagerado un poco, mañana tendremos que buscar más comida —decía Ímpetu.
Se estaba haciendo de día, cuando los cuatro se metieron en una cueva que habían encontrado.
— ¿No habrá nadie dentro?
—Será mejor asegurarse, vaya que nos quedemos dormidos y tengamos alguna sorpresa.
— ¡Aquí no hay nadie! Si hubiera alguien, ya nos hubiera sentido.
—Tienes razón, hermanito, si hubiera alguien, con el ruido que estamos haciendo, ya hubiera salido.
—Es un sitio muy guay, aquí no hace frío, y además, nos podemos defender mejor que a campo abierto.
—Tienes razón, hermana, este es un sitio fantástico.
Los cuatro, una vez comprobado que la cueva estaba vacía, se echaron a dormir.
Serían las doce del mediodía cuando unos disparos les despertaron. Eran unos cazadores, que le disparaban a la manada de Diantre. Varios de la manada, se metieron en la cueva; al entrar tan fuerte, chocaron con Travieso e Ímpetu, que salían hacia la puerta, para ver qué pasaba.
— ¿Qué pasa, que venéis tan asustados?
—Son muchos humanos y están disparando a matar.
Por suerte para ellos, los cazadores y los perros perseguían al resto de la manada, que iban ladera abajo, buscando unos fuertes matorrales, para esconderse.
Horas más tarde, se fue reuniendo la manada. Eran nueve, por que seis habían sido abatidos por los cazadores.
Diantre estaba mal herido y le dijo que quería ver al joven Ímpetu.
—Nosotros hemos estados hace un rato con ellos en la cueva de la roca.
—Hacerlo venir, que quiero hablar con él de un asunto muy importante.
El lobo que había hablado, junto con otro que también había entrado en la cueva huyendo de los cazadores, fueron en busca de Ímpetu. Este estaba junto con su hermana y amigos, aún en la cueva.
—El jefe quiere hablar contigo— dijo Copar, que era como se llamaba el lobo que había mandado diantre, en busca de Ímpetu.
— ¿Para qué quiere tu jefe que vaya?
— No sé, pero está mal herido y ha preguntado por ti.
Los cuatro se miraron y solamente con la mirada, estuvieron de acuerdo en acudir a la llamada de Diantre.
—Hola, joven. ¡Dejarnos solos!
Todos se apartaron a escuchar la orden de Diantre.
—Estoy mal herido y tengo que ir al grano, no puedo perder tiempo, no sé el que me queda.
—Usted dirá.
—No creo que salga de esta, estoy mal herido —dijo Diantre, reflejando la muerte en su rostro.
—No diga usted eso.
—Sí, joven, llevo mucho tiempo en esto y sé perfectamente cuando una herida es mortal. Quiero proponerte una cosa.
— Sí.
— Que seas el nuevo jefe de la manada.
—No puedo aceptarlo, usted debe de tener lobos que pueden ser perfectos jefes y tienen más derecho que yo.
—Son buenos lobos, pero ninguno tiene carisma para ser el nuevo jefe.
— No me aceptarán.
—Le he dicho que son buenos lobos y si yo les digo que tú serás su jefe, irán contigo a donde tú les digas.
—No lo puedo aceptar y menos ser jefe impuesto. Además tampoco me interesa, quiero vivir sin problemas con mi hermana y mis amigos.
— No me malinterprete, joven, quiero decir que le seguirán como lo han hecho conmigo.
En ese momento se sintieron varios disparos y todos los lobos salieron huyendo del lugar, menos ellos cuatro y Diantre, que no podía por la herida que tenía.
— Marchaos, si os quedáis aquí, os matarán.
—No podemos dejarte aquí.
—No te preocupes, yo estoy casi muerto.
—No digas eso.
—Es la verdad y me saldría muy mal, que por mi culpa, os pasara algo a vosotros.
Diantre sacó fuerzas de no sé donde y sin decir nada, salio corriendo hacía donde venían los cazadores. Estos se vieron sorprendidos y varios de ellos fueron heridos por Diantre.
— ¿De dónde ha salido esa fiera? Dispararle, dispararle, que acabará con nosotros —decía uno de los cazadores.
Ímpetu, desde la lejanía, vio como acababan con la vida de Diantre.
—Hay muchos lobos y hay que disminuir la población, si no, no podremos tener ganaderos.
—Yo admiro a esos animales, pero debemos actuar, si queremos seguir contando con los ganaderos.
—La culpa de que ataquen a los rebaños, es por que no tienen presas que puedan cazar. Las grandes presas las cazan los cazadores, en vez de dejárselas para ellos.
—Aquí las leyes permiten la caza y mientras no se cambien, no podremos impedirlo.
—Habría que cambiar primero la ley y si después de dejar a las grandes presas para ellos, siguieran atacando a los rebaños, entonces sería partidario de disminuir la población.
—Era un buen lobo.
— ¿Que te ha dicho? —le preguntaba Briosa.
—Nada importante, ¡debemos seguir!
—Sí, sigamos.
Días más tarde, fue aprobada una ley donde se permitía la caza del lobo. En poco tiempo, fueron abatidos gran cantidad de lobos, que ante la inteligencia del hombre (entre comillas), poca cosa podían hacer.


Capítulo 7º Ímpetu, príncipe de los lobos


—Tienes que ser el jefe, si no acabarán con todos, tienes que ser el jefe, tienes que ser el jefe, tienes que ser el jefe —soñaba Ímpetu.
Este llamó a sus amigos y le contó, lo que en realidad le había dicho Diantre y también el sueño que se le repetía últimamente cuando dormía.
—Hace días que no veo a los lobos de Diantre.
—Seguramente habrán sido abatidos por los humanos.
— ¿Iremos en busca de ellos? – dijo Travieso.
Todos estuvieron de acuerdo y fueron en busca de la manada, o lo que quedara de ella.
Llevaban varios días y no encontraban a ninguno.
— ¿No los habrán matado a todos?
—No creo, pues deben estar bien escondidos, por que no se ven...
—Ahí viene uno —dijo Isuelta (que estaba vigilando), antes que Briosa, terminara la frase.
Se trataba de Bravío, que como había sido vencido por Ímpetu, se había marchado temporalmente de la manada y llegaba solo.
— ¿A dónde vas tan solo? —le dijo Ímpetu.
Este se llevó un sobresalto.
— Caramba, qué susto me has dado.
—No te asustes, que aunque nos peleamos, no soy tu enemigo; el enemigo verdadero, ya sabes quien es.
—Mira si tendré mala suerte, que al único lobo que no quería ver, es el primero que veo.
— ¿Dónde has estado este tiempo?
—En un lugar que sólo sé yo, en un lugar tranquilo como pocos.
— ¿No te has enterado lo de Diantre?
—No, donde he estado no se entera uno de nada. Precisamente, ahora iba en su busca, que quiero hablar con él.
— ¡Lo han matado los humanos!
— ¡Qué me dices!
—Si y a varios compañeros tuyos también.
—Ya me ha extrañado, no ver a nadie por estos parajes.
—Los humanos han declarado la guerra.
— ¿Cómo que han declarado la guerra? Siempre han estado en guerra con nosotros.
—Ahora es mucho más, llevamos varios días buscando a tus compañeros y no hemos visto ni uno.
— ¡Habrán sido asesinados por los humanos!
— Espero que no.
—Si quieres, puedes quedarte con nosotros.
—No, seguiré mi camino solo, ustedes tendrán planes y yo lo único que haría sería modificarlos.
—Quédese, siempre será mejor estar unidos en esto —le decía Isuelta.
—Si me lo pide una lobita tan guapa, me lo pensaré.
—Si queréis os puedo enseñar el sitio donde he estado todo este tiempo, allí será muy difícil que os cojan esos humanos y lo de quedarme en el grupo, ya os diré algo.
Bravío, acompañado por los cuatro, se encaminó hacia el lugar que les había dicho.
El lugar era una cueva que había en la parte más alta de la sierra y que sólo se podía entrar en ella, a través de un pequeño orificio, que había entre dos enormes rocas.
— ¿Ya hemos llegado?
— ¡Aquí es! –dijo Travieso.
— ¡Si! –afirmó Bravio.
—Pero… —dijo Ímpetu.
—No os preocupéis, que ahora entramos en el escondite.
Todos miraban a ver si veían la entrada de la cueva. Bravío apartó unos matorrales y se introdujo por el orificio. Los cuatro le siguieron y entraron en la cueva
—…Sí que es grande –dijo Ímpetu.
—Es más de lo que parece – dijo Bravío.
— ¿Y cómo la has encontrado tú?
—Me había hablado de ella un amigo mío, que la estuvo utilizando durante mucho tiempo.
— ¿Lo sabe mucha gente?
—Sólo los de la manada, alguna vez que otra, habíamos descansado en ella.
—Se ve muy profunda, ¿la has examinado?
—Un poco, pero no toda.
— ¿Qué os parece si la examinamos ahora?
—Por mí de acuerdo.
—Y por mí.
—Yo también.
—Pues vamos.
La cueva era muy grande y bastante oscura, y después de llevar más de una hora dando vueltas al fin pudieron ver luz.
—Ahí estará el final.
—Sí que es grande la cueva, más de lo que yo pensaba.
—Se siente ruido.
Todos quedaron callados, escuchando.
—Parece el ruido de un peludo gigante.
— No será esta la casa del peludo.
—Espero que no, por que esos peludos tienen muy mala leche.
El ruido se estaba haciendo cada vez más intenso.
—Se está acercando.
—Si es un peludo, prepararse para correr.
La figura de un enorme oso se iba acercando. Este los había olido e iba en busca de ellos y no para saludarlos...
—Tenemos que despistarle y salir por aquí.
— ¿Y cómo lo hacemos?
—Yo iré en su busca y mientras lo entretengo, ustedes salen de la cueva.
La figura del oso cada vez era más grande y los resoplidos de este, se sentían como si ya estuviera allí.
Ímpetu fue en busca del oso, Este iba subiendo y cuando vio a Ímpetu, aceleró la marcha. Ímpetu era más hábil y rápido, y sin muchos problemas, se deshizo del oso. Este estaba herido en su orgullo y daba fuertes rugidos.
Fuera de la cueva, Ímpetu se reunió con sus amigos.
—Larguémonos de aquí, ese peludo puede ser muy peligroso.
Varios disparos se sintieron y por suerte, no iban contra ellos.
—Debemos tener mucho cuidado y no abandonar las zonas con matorrales, esos humanos están por todos lados —dijo Ímpetu.
—Esperar, que he sentido algo —dijo Ímpetu, que iba el primero.
Los cinco se quedaron quietos. El ruido se iba acercando lentamente entre los matorrales y todos se pusieron a la defensiva.
— ¿Qué será?
—Parecen pasos de lobos.
— Sí, eso pienso yo también —dijo Bravío, que estaba junto a Ímpetu.
Se trataba de tres supervivientes de la manada de Diantre, los únicos que habían podido escapar a la férrea persecución de los cazadores.
—Qué alegría nos habéis dado, pensábamos que todos estaríais muertos.
—Nos hemos escapado por los pelos, los humanos están más violentos que nunca.
— ¿A dónde vais?
—No tenemos rumbo, a donde nos dejen estar tranquilos.
—Con Diantre era fantástico, solíamos patrullar por toda la sierra y siempre encontrábamos comida; él sabía muy bien dónde y cómo encontrarla. Pero ahora sin jefe, cada uno irá por su lado, y en cuatro días, nos moriremos de hambre o seremos asesinados por esos humanos sin escrúpulos.
—Venirse con nosotros.
—No, Bravío, debemos seguir nuestro camino y encontrar otro jefe.
—Ímpetu, ¿quieres ser nuestro jefe?
—Yo vi cómo Diantre, antes de morir, te lo estuvo ofreciendo.
—Sí, es cierto, pero yo no me veo como jefe.
—Diantre era muy inteligente y si él te eligió a ti, sería por algo.
— Ímpetu, si tú aceptas ser nuestro jefe, yo seré tu mayor colaborador —dijo Bravío.
Al final pudieron convencerle y aceptó ser el nuevo jefe de la manada.
—Donde está el oso, será nuestro escondite. Esa cueva es fantástica y el tener dos entradas, nos puede ser de gran utilidad —dijo Ímpetu, con firmeza.
— ¿Y cómo echamos de la cueva al oso?
—Hablaremos con él, y si está de acuerdo, podemos compartirla; es muy grande y hay cabida para todos.
El oso estaba durmiendo, cuando ellos llegaron.
—Buenas, Señor Oso, queremos hablar con usted.
El oso tenía el sueño muy profundo y no se enteraba de lo que le estaban diciendo.
—Tendremos que despertarlo con algo.
—Iré yo a despertarlo —dijo Ímpetu, y acercándose al oso, le pego tal mordisco en la oreja que lo despertó.
El oso pegó un rugido de dolor y se incorporó.
— ¿Quién anda por ahí, que ha sido tan valiente en despertarme de esa forma tan miserable? A mí no se me despierta si no es por algo muy importante y menos, mordiéndome una oreja.
— Queremos compartir la cueva contigo.
— ¿Que quieren qué?, ¡estarán de broma!
—No, no es ninguna broma, Señor Oso. Tenemos muchos problemas con los humanos y tenemos que buscar refugios donde sea, si no queremos ser asesinados por ellos.
—Yo nunca he tenido problema con ellos, al revés, siempre me han ayudado. —Le caerás mejor que nosotros.
—Puede que sea eso, pero yo nunca he tenido ningún problema con ellos.
—Qué suerte la tuya.
—Yo ya sé por que no os quieren los humanos.
—Qué, ¿tú sabes por qué no nos quieren los humanos?
— ¡Sí!
—Pues dígalo, peludo, que eso será de gran ayuda para nosotros.
—Por que ustedes matáis ovejas.
— ¿Por que nosotros matamos ovejas?, las matamos para poder comer. ¿Tú no matas, para alimentarte?
—Yo no, soy vegetariano y casi nunca como carne, por eso los humanos no se meten con los de mi especie.
—Si ellos para divertirse, no mataran ciervos, jabalíes, perdices, en fin, todo lo que se mueve, nosotros tendríamos comida y no haría falta matar ovejas — dijo Bravío, con voz firme y sentimiento.
— ¿Cuántos sois? Pensaba que eras tú solo.
—Somos ocho.
— ¿Qué nos contestas, peludo? —le dijo Ímpetu.
—Que la cueva es muy grande y que podemos vivir en ella todos —dijo el oso, viendo que eran muchos para echarlos y que a lo mejor, si luchaba, terminaría siendo él, el que tendría que abandonar la cueva.
—Gracias, Señor peludo.
— ¿Sabe usted que la cueva tiene otra salida por la parte de arriba?
—No, nunca me ha dado por investigarla.
—Pues cuando quiera, te guiamos hasta la salida de arriba.
— ¿Qué parte de la cueva queréis?
—Nos da igual.
—Yo, desde que vine, ocupo esta parte.
—Por nosotros puedes seguir ahí, nos da igual un sitio que otro.
—Entonces todo arreglado.
—Todo arreglado —respondieron los amigos lobos.


Capítulo nº 8 La estrategia


Ímpetu estaba descansando y dándole vueltas a su cabeza.
—Tenemos que hacerles cara a los humanos asesinos, si no, nuestra especie tendrá problemas para mantenerse y pronto seremos menos que los linces ibéricos —dijo Ímpetu con rabia.
— ¿Y cómo podemos combatirlos, si ellos pueden morder desde lejos? —le contestó Travieso.
—Tiene que ser siendo más listo que ellos —le contestó Ímpetu.
—Creo que una buena idea sería la de asustarlos de tal manera, que no se atrevieran a entrar en nuestro territorio, así a las presas nuestras no las matarían – dijo Ímpetu.
— ¿Y como los asustamos? Esa es la gran pregunta, cómo lo hacemos —dijo bravío.
—La única forma que se me ocurre para asustarlos, es la de sorprender a los asesinos cuando vienen por aquí, quitarles esos artilugios que muerden a distancia y correr tras ellos, hasta que estén bien lejos —dijo Ímpetu, con firmeza.
Todos estuvieron de acuerdo, y al día siguiente, la manada con Ímpetu a la cabeza, empezó a llevar a cabo lo que habían planeado, y en tres meses, nadie se atrevía entrar en la sierra.
—Y dices que se llevaron tu escopeta –contestaba el alcalde, a la pregunta de un cazador.
—Sí, esos lobos saben lo que hacen.
—Sería por casualidad.
—En los últimos tres meses, todos los cazadores que hemos ido de caza a la sierra, hemos venido sin escopeta y perseguidos por los lobos hasta donde empieza la campiña y todo eso, no creo que sea casualidad.
—No cabe en mi cabeza, que un lobo sea capaz de llevarse una escopeta y persiga a una o varias personas, sin morderle, hasta los límites de la sierra —dijo el alcalde del pueblo, en una sección extraordinaria, del ayuntamiento.
—Es lo que esta pasando, Señor Alcalde.
—Habrá que investigar a fondo todo esto, la gente exagera mucho.
—Sí, eso también es verdad, la gente tiende a inventar cosas raras.
Días más tarde, fueron gente del ayuntamiento, junto con cazadores agredidos para verificar lo que se decía en la calle.
Estos, al no llevar escopetas, fueron dando las vueltas que quisieron por la sierra, sin que le atacaran, ni vieran un solo lobo.
—Ves cómo exageran, la gente con una cosa así de pequeña, se inventan otra así de grande – decía el alcalde, que se ayudaba de sus brazos, para explicarse mejor.
Señor alcalde, déjeme que saque la escopeta.
—Como que le deje que saque la escopeta, pero no debía usted, que se la habían quitado los lobos.
—Esta es otra escopeta, señor alcalde.
— Ah, pensaba que usted se la había arrebatado a los lobos.
— A los lobos, a esos demonios no me acerco yo, ni loco.
— Si usted quiere, puede coger la escopeta que ha mencionado antes, aunque no sé para que la quiere coger.
— Por que si me ven con la escopeta, seguro que nos atacan y así se cree usted lo que le contamos.
—No lo creo, pero si usted lo dice.
El cazador se dirigió a su coche, que estaba a unos diez metros, mirando hacia todos los lados, con cara asustadiza. Este tenía la escopeta en el portamaletas del todo terreno, que solía llevar cuando iba de caza, y cuando cogió la escopeta y coincidiendo en el momento, se sintió el aullido de un lobo. El cazador, que tenía miedo para exportar, salió corriendo hacia donde estaba el alcalde, sin la escopeta.
—Pero señor Francisco, cómo siendo usted cazador, le tiene tanto miedo al aullido de un lobo.
—Es superior a mí, Señor Alcalde.
Varios concejales y cazadores que estaban cerca, al ver a Francisco correr y con aquella actitud, se acercaron para ver lo que pasaba.
— ¿Qué pasa, Señor Alcalde? —le preguntaba uno del ayuntamiento.
—Nada, que Francisco se ha asustado, al oír el aullido del lobo.
—Hombre, no hace muchas gracias escuchar esos aullidos, pero de eso a asustarse.
—Es lo que te decía antes, de una cosa pequeña, se hace una montaña. Llevamos toda la mañana dando vueltas y no se ha visto un lobo, lo mejor es que nos marchemos.
—Sí, será lo mejor.
— ¿Qué te pasa, Francisco, que estas tan asustado?
—El lobo, Juan, el lobo.
—Pero si no hemos visto ni uno.
—El aullido, el aullido.
—Si, eso sí lo hemos escuchado, pero eso se escucha muchas veces y nunca ha pasado nada.
—Yo no vengo más de caza.
—Pero Francisco, con lo que te gusta todo esto.
—Me gustaba, Juan, me gustaba.
Fue pasando el tiempo y ciervos, jabalíes, liebres, perdices y demás animales que mataban los cazadores para divertirse, fueron creciendo en población y los lobos fueron recuperando su paraíso perdido, por que el paraíso es eso, tener comida, un hábitat saludable y cariño. Si tienes esas tres cosas cubiertas, puedes decir que estas en un paraíso y que esto no se confunda con la felicidad, por que hay quien tiene todo eso y no es feliz. El ser feliz, es otra cosa.
Y como casi todo termina, este cuento ha terminado.
GJPavón

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EUROMAR

Euromar contra el doctor Arcano

Capítulo 1º La obsesión por envejecer

El Doctor Arcano—: un hombre delgado de noventa años de edad, pero aparentaba tener sesenta, con el pelo negro, algunas canas por encima de las orejas y de uno setenta y cinco centímetros de alzada.
Años atrás había sido uno de los hombres más buscados del mundo por sus muchas fechorías de todas índoles. Llevaba varias décadas sin dar señales de vida y la policía, al llevar tanto tiempo sin saber nada de él, pensaba que tal vez hubiera sido asesinado por algún enemigo (de los tantos que tenía) y habían archivado su caso.
Con sus noventa años, su cuerpo (aunque tardío) empezaba el declive natural que todos los humanos padecemos.
Con formulas misteriosas creadas por el mismo, había conseguido llegar hasta los noventa con una apariencia y vitalidad de sesenta. Pero el sabía muy bien, que si no hacía nada por evitarlo, en poco tiempo sus facultades mermarían de tal manera, que lo llevarían a la muerte.
En los últimos años se había recluido en un castillo de la provincia de Asturias, en Puerto de la Vega. En él, y obsesionado por el envejecimiento, había montado un laboratorio con todos los adelantos del momento, e investigaba todo tipo de posibles soluciones a la eterna juventud.
Pero hasta el momento, lo único que había conseguido era retrasar su vejez unos años, después de haber hecho todo tipo de barbaridades para conseguirlo.
—Tengo que buscar la formula de vivir eternamente, mi mente no debe ser desperdiciada, mi mente es muy valiosa para que desaparezca y debo conseguirlo antes que mis facultades empiecen a mermarse. La mente no envejece por lo tanto, tengo que buscar un cuerpo que no envejezca y trasladar a él mi cerebro —se decía el Doctor Arcano, con rabia y lanzando sobre el suelo un recipiente de cristal, con liquido dentro.
El Doctor Arcano lo había investigado todo, y después de haber hecho todas las barbaridades que se pueden hacer para ser joven eternamente, había llegado a la conclusión que tenía que hacer un cuerpo de materia que no envejeciera. El problema era como conseguir dicha materia.
Después de mucho tiempo investigando, encontró una formula, que pensó sería lo que con tanta ansiedad buscaba.
Del árbol de secuoyas sacó su resina, la mezcló con cangrejos de porcelana y sangre de tortugas de santa cruz. Con todo esto más una sustancia de algas marinas, había conseguido un tejido que no envejecía, mitad vegetal, mitad animal. Ahora lo que había que hacer, era un cuerpo con ese tejido.
Con un esqueleto fabricado con una sustancia hecha con carbono y caucho, había conseguido un esqueleto muy duro y a la vez flexible.
Con el tejido que había fabricado, fue recubriendo el esqueleto, con todos, y cada órgano del cuerpo.
Una vez había terminado el cuerpo, estuvo haciendo todo tipo de pruebas, hasta que quedo preparado para trasladar su cerebro a él.
—Ahora debo trasladar mi cerebro y mi sangre a este cuerpo, la maquina ya la tengo, solo hay que adaptarla a lo que quiero hacer. Los experimentos que he hecho con ella anteriormente, aunque no tuvieron el éxito que yo esperaba, si me han servido para tener una buena experiencia. Llamaré a Lego, quiero que él sea quien supervise toda la operación, y si el Doctor Llover, que será el encargado de realizar la operación, no lo consigue, que lo mate.
El Doctor Manuel Llover, estaba considerado como el mejor del mundo, en trasplantes de órganos.
Lo habían secuestrado un mes atrás y bajo amenazas de matar a toda su familia, le habían hecho preparar todo lo del trasplante. La máquina que el Doctor Arcano había fabricado, para hacer intercambios de cerebros (pero que siempre le habían salido mal, o no lo bien que él quería), ya revisada en los posibles fallos y las manos del Doctor Llover, espera ser utilizada con éxito.


Capítulo 2º El nuevo cuerpo

Había llegado el día que él había elegido, y bajo la más férrea vigilancia de Lego, acompañado por varios guardaespaldas armados, el Doctor Llover comenzaba su trabajo.
Después de catorce horas de trabajo, el Doctor Llover se lavaba las manos y daba por finalizada la intervención quirúrgica.
— ¿Cómo ha salido la operación? —le preguntaba Lego.
— ¡Espero que bien! Dentro de seis horas se sabrá con más seguridad, pero si todas las uniones van bien y ese tejido es perfecto para eso, dentro de seis horas como digo, estará con nosotros el doctor.
No se había equivocado el Doctor Llover y pasado el tiempo que había dicho, el nuevo Doctor Arcano abría los ojos por primera vez; luego, lleno de curiosidad, se fue acercando las manos a su rostro y piernas. Con una voz muy poco humana (el tejido que había fabricado, era más duro que el humano y eso le daba a la voz un timbre muy desagradable y metalizado), pero muy contento, por que aparentemente todo el cuerpo obedecía a su cerebro.
—No se debe mover en unas doce horas, si lo hace antes, aunque todo haya ido bien, hay riesgo que alguna unión se suelte —le decía el Doctor Llover, que llegaba con un café en la mano, para mantenerse despierto.
Dos horas más tarde, el Doctor Arcano no haciendo caso de lo que le había dicho el Doctor Llover, se levantaba y mirándose a un espejo, soltaba una carcajada de triunfalismo. Segundos más tarde caía desplomado al suelo. El Doctor Llover, que estaba durmiendo en un sillón cercano al quirófano, fue despertado por uno de los guardaespaldas, que había visto cómo se desplomaba su jefe.
—Acuda al quirófano, el doctor lo necesita –le dijo el guardaespaldas, con voz angustiada.
El Doctor Arcano fue llevado a la camilla por los guardaespaldas y segundos más tarde, estaba siendo visitado por el Doctor Llover.
—Se le ha soltado una unión y tengo que intervenirle de inmediato. Llévenlo al quirófano y avisen a todo el equipo que me ha estado ayudando —les dijo el Doctor Llover, con cara de preocupación, por lo que podía pasar.
El Doctor Arcano fue intervenido y cuando el Doctor Llover habló con Lego, le dijo que podía haberse dañado el cerebro del Doctor Arcano y que seguramente había sido por hacer esfuerzos antes de las doce horas, que él le aconsejo, para que todo estuviera bien soldado.
—¿Por qué lo dice usted?
—He visto algo que no me ha gustado en la parte más sensible del cerebro. Aunque me he podido equivocar y será mejor esperar que se despierte, así podremos evaluar mejor el daño, si es que lo ha habido.
—Si, será mejor esperar –dijo Lego.
Cinco horas más tarde, se despertaba de nuevo. El Doctor Llover estaba descansando y cuando se despertó el Doctor Arcano, fue llamado por Lego. Este llegó al quirófano y estuvo examinando minuciosamente al Doctor Arcano.
Aparentemente estaba bien y después de examinarlo, el Doctor Llover le dijo a Lego que no veía nada de lo que antes le había dicho y que por lo tanto, daba la operación como exitosa.
—Durante las próximas doce horas, que no haga ningún esfuerzo, ni se levante —le decía el Doctor Llover, a Lego.
Doce horas más tarde.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, con ganas de abandonar todo esto –dijo el Doctor Arcano, con aquella singular voz, metalizada.
—Ha tenido suerte, Doctor, pensaba que se le había dañado algo.
—Algo, ¿a qué se refiere usted?
—Sí, cuando le he intervenido por segunda vez, he visto algo extraño en su cerebro, pero al verlo así de bien, me he debido equivocar.
—No sé a qué se refiere, pero me encuentro muy bien.

Capítulo 3º La misma mente
Veinticuatro horas más tarde.
—Lo he conseguido, lo he conseguido. Ahora estoy más cerca de la inmortalidad, de lo que nadie haya estado nunca —decía el Doctor Arcano y de nuevo daba una fuerte y metálica carcajada.
—Lego, menos al Doctor Llover, los haces desaparecer a todos los que han intervenido en la operación, no quiero que nadie más que usted y el doctor Llover, sepan de mi nuevo físico. El Doctor Llover será eliminado más adelante, cuando esté seguro que no me hará falta, y usted es de mi mayor confianza, por lo tanto, no se debe preocupar por su vida.
Lego, con la ayuda de varios hombres contratados para tal fin, hicieron una gran fosa con una máquina escavadora y todos los que habían ayudado al doctor Llover en la operación, más algunos vigilantes, fueron asesinados, para que no desvelaran nunca el nuevo rostro del doctor.
Solo dos personas sabían de su nueva identidad, Lego y el Doctor Llover, todos los demás fueron asesinados.
Seis meses más tarde y con una mascara del dios Eón puesta, empezaba su nueva andadura.
—Ahora que casi tengo la inmortalidad asegurada, tengo que conseguir lo que tanto he deseado siempre. Ser el dueño del mundo, el más poderoso de todos los seres vivos, el mejor de todos los nacidos y por nacer –decía, y de nuevo soltaba una metalizada sonrisa.
—El arma que me puede dar todo eso ( a lo que hago referencia), la tengo inventada desde hace mucho tiempo.
Dejare sin luz a Gijón, no, a Gijón no, será mejor otra ciudad que esté más lejos. Ya lo tengo, será la capital de España, la que deje sin luz, para avisarle de que he llegado y enseñarles mis pretensiones.
Con esta arma puedo hacerlo a más de mil kilómetros ja, ja, ja –decía el doctor, soltando una carcajada de triunfalismo, con aquel timbre de voz tan extraño y añadía—: Cuando se queden sin energía eléctrica, me darán todo el dinero que yo quiera, así seré también el más rico del mundo y todos bailaran al son que yo les toque.
Una semana más tarde, toda la capital de España se quedaba sin energía eléctrica.
Todos los técnicos buscaban de donde venía el fallo, pero iban pasando las horas y nadie sabía qué había pasado.
El gobierno, viendo que la avería no se arreglaba, se reunió para darle una salida al tan misterioso problema.
Los técnicos de las operadoras eléctricas, hablaban con el gobierno.
— ¡Señor ministro! Lo hemos investigado todo y no sabemos como ha podido desaparecer la energía eléctrica.
— ¿Cómo que ha desaparecido la energía eléctrica y no pueden recuperar la normalidad?
— La energía eléctrica de Madrid ha desaparecido por completo.
—Pero eso es imposible, una cosa así no puede desaparecer como por arte de magia.
— Las centrales que suministran la energía dicen que todo está bien, que lo han revisado todo varias veces y no saben el por que no llega la energía a Madrid.
Después de dos horas de inestabilidad, volvió de nuevo la energía eléctrica, y una hora más tarde, era difundido por todas las cadenas televisivas del país, un comunicado.


Capítulo 4º El canon

Sentado en un sillón, con una bola de la Tierra de gran tamaño a sus pies y puesta en su rostro una mascara del dios Eón, el doctor Arcano leía el comunicado.
— ¡Soy el doctor Arcano! Si quieren seguir con la energía eléctrica (que tan imprescindible se ha hecho hoy en día para la sociedad), deben contribuir con un pequeño canon. Los canon se cobran cuando se tiene el poder y yo, señores míos, tengo en este momento el poder. Mi poder consiste en dar, o no, vida a la ciudad. Otros lo tienen con los ordenadores, como por ejemplo Microsoft, el agua, el gas y las mismas CIA eléctricas etc., etc. y todos cobran su canon. Y no me hagáis que demuestre mi poder, por que esa energía que desaparece, la puedo dirigir contra lo que yo quiera, y eso puede ser muy doloroso para la población. Así que escuchen bien lo que les voy a decir. Madrid, por ser la capital de España y tener más recursos económicos que el resto del país, me pagará en las próximas seis horas, cien millones de euros y todas las demás capitales de autonomías, cincuenta. Todos los pagos se deben hacer dentro de ese plazo, si no hacen lo que les digo, iré dejando sin energía a todas las capitales españolas. Luego no me quieran cargar, lo de si no se ha podido operar y que si han fallecido no sé cuántos por falta de energía eléctrica, por que los culpables seréis los gobernantes. Y como ya habrán podido comprobar, no saben de donde se emite la señal, por que me imagino que lo estaréis comprobando todo, y también os digo, que estoy hablando muy en serio. Habréis comprobado, que la energía desaparece como por arte de magia. Espero no tener que dejar sin energía, a nadie más –dijo el doctor y dejo de emitir.
Todas las policías del país, echaban manos de archivos, para averiguar quien era ese doctor.
La guardia civil los tenía archivados y fue la primera que mandó al ministerio del interior los informes.
— ¡Señor ministro! Han llegado por fax, informes de la guardia civil, relacionados con el Doctor Arcano.
El secretario, junto con el ministro del interior, fueron analizando todos los informes, que le había mandado la guardia civil.
—No lo entiendo, este señor debe tener más de noventa años.
—Si estamos hablando de Miguel Arcano Vergel, tiene en la actualidad noventa años, a punto de hacer noventa y uno, el día quince de enero, cumple los noventa y uno.
—La voz que se escuchó por la tele, no era la de un anciano.
—Ya, pero que yo sepa, solo hay un doctor Arcano y ése, por lo que dice en estos informes, tiene noventa años.
— ¡Escucha esto! En el año cincuenta, fue expulsado del colegio de médicos. Fue acusado de engañar a la gente, con el elíxir de la eterna juventud (que luego se pudo comprobar, que no servía nada más que como analgésico, por que de alargar la vida, nada, de nada) y por eso y otras cosas no muy claras, lo echaron del colegio.
En el cincuenta y cinco, fue acusado de matar a un empresario de Bilbao, después de haberlo dejado arruinado.
Le dijo que le podía curar el cáncer que tenía, a cambio de una muy fuerte cantidad de dinero. El empresario que había sido desahuciado por los mejores especialistas, aceptó, pero lo único que consiguió fue vivir un par de meses más.
En el sesenta, fue acusado de asesinar a varias personas, intentando cambiar sus cerebros. Cogía a deficientes mentales y les traspasaba cerebros de gente de mucho dinero, que eran muy viejos, o que padecían alguna enfermedad incurable.
Con todo esto había conseguido mucho dinero, por lo que contrataba a los mejores abogados, para que lo defendieran de cualquier acusación.
En los setenta fue acusado de vender a países del este, información de empresas.
Desde el año setenta y cinco, no se sabía nada de él. La policía lo había dado por muerto.


Capítulo 5º La llegada de Euromar

El presidente del gobierno se reunió con los ministros afectados, para darle una salida al problema y después de debatir durante un par de horas con los ministros, el presidente dijo que también pediría ayuda a Euromar.
—Está usted informado de lo del Doctor Arcano —le preguntaba el presidente a Euromar, por teléfono.
—Sólo de lo que ha dicho por la tele. Es la primera vez que lo he visto y no sé nada más de él.
—Necesitamos que nos ayude, su amenaza puede ser catastrófica para la humanidad.
—Es un orgullo para mí, defenderla de todo tipo de amenazas, por lo tanto, cuenten con mi ayuda.
—Tenemos información confidencial sobre el Doctor Arcano, y si usted lo ve conveniente, puede hacer uso de ella.
— ¡Gracias, Señor Presidente! Si la necesito, no dude que se la pediré.
Los dos se despidieron y Euromar comenzó a trabajar en el caso.
—Sebastián, tenemos que averiguar todo lo que se sepa sobre el Doctor Arcano.
— ¡Marcelo! Como he visto por la tele la amenaza, ya he recopilado toda la información que he podido.
—Eres un monstruo, Sebastián, sin tu colaboración Euromar no sería nada.
—Se trata de un personaje muy singular y peligroso, además de muy viejo —decía Sebastián, un tanto abrumado, por los halagos de su amigo Marcelo.
—¿Muy viejo?
— ¡Noventa años!
—La voz que se escuchó por la tele, era la de una persona más joven, aunque con un timbre de voz nunca oído.
—Seguramente se habría puesto algún artilugio, para no ser reconocido.
—Si, es posible.
—Desde hace tres décadas, no se sabía nada de él, y la policía al no saber nada en tanto tiempo, había archivado el caso, pensando que lo hubieran asesinado, o que se hubiera muerto por la edad.
— ¿Será el mismo sujeto?
—Eso, lo tendremos que averiguar.
Nadie había conseguido nada sobre su paradero y el plazo de seis horas que el doctor había dado, estaba a punto de cumplirse.
—No podemos aceptar el chantaje, si lo aceptáramos, pronto tendremos otro sujeto, con alguna que otra historia –decía el ministro del interior, en un gabinete de urgencia que se había montado.
Había concluido el plazo y el Doctor Arcano emitió de nuevo otro boletín informativo.
—Hasta ahora he sido muy benévolo con ustedes, solo os he pedido un pequeño canon, para cubrir mis gastos. Pero viendo que no lo aceptáis, empezaré a no ser tan compasivo con vosotros. Me sale mal cambiar de aptitud, por que morirá mucha gente inocente, pero ustedes lo habéis querido así. A partir de ahora el canon será el doble, y solo serán tres horas para hacerlo llegar a mis cuentas. La ciudad que dentro de tres horas no tendrá energía eléctrica será Barcelona. Así que preparen todo lo que deban preparar, por que dentro de tres horas estará sin energía. Y si los catalanes sois inteligentes, ir preparando los cien millones de euros. Si no pagan, cada tres horas se quedará una ciudad sin energía. Además os haré saber muy bien lo que puedo hacer con la energía que hago desaparecer.
La policía intentaba localizarlo, pero no había forma de hacerlo, el dispositivo que utilizaba para transmitir sus mensajes era muy bueno. Era un artilugio, que cuando transmitía la señal, parecía que fuera de cualquier televisor encendido y eso, hacía que fuera imposible su localización.


Capítulo 6º No al chantaje

El gobierno catalán se reunió con el gobierno central y acordaron no pagar nada.
—Les meteré el miedo en el cuerpo, así verán lo que puedo hacer con la energía y también para que sepan que hablo en serio –decía y añadía—: Si Barcelona no paga, haré desaparecer algún símbolo importante de la ciudad.
Había llegado el plazo y de pagar nada.
Barcelona se quedó sin energía y lo peor de todo, fue que un enorme rayo en forma de espiral se concentró en la Sagrada Familia y esta, en cuestión de segundos desapareció, dejando tras de si un desvastado solar.
Las sirenas de las ambulancias no dejaban de tocar y un fuerte k.o. se hizo dueño de la ciudad.
De nuevo otro boletín informativo.
— ¡Señores! veo que no entienden que yo tengo ahora el poder y que harán lo que yo quiera, o por las buenas, o por las malas.
Ahora el canon será de trescientos para Madrid y de ciento cincuenta para el resto de ciudades, y una hora y medía de plazo. La próxima ciudad en quedar sin energía eléctrica, será Sevilla. Me ha salido muy mal quitarle ese fantástico símbolo a Barcelona, pero no me habéis dado otra opción, y espero no tener que quitar ninguno más
—Sebastián, ¿has podido averiguar algo?
—No mucho, pero en la parte del norte de Asturias, cuando ha desaparecido la sagrada familia, ha habido un incremento muy grande de energía, y puede que esté operando desde allí.
—Me acercaré, a ver si puedo averiguar algo.
Euromar con su coche (llamado bala), como si de un misil se tratara, circuló el cielo a gran velocidad.
Se había cumplido el plazo y la ciudad de Sevilla se quedaba sin energía, y lo peor de todo era la Giralda, que como la Sagrada Familia, desaparecía dejando solamente un desvastado solar.
Euromar estaba cerca de la zona donde se escondía el Doctor Arcano y pudo comprobar por el mismo, la fuerte concentración de energía eléctrica que allí había.
—Es raro, los controles se están volviendo locos (aquí hay mucha energía concentrada). Bajaré a tierra antes que me pase algo.
Bala empezó a perder altura y los controles no obedecían a Euromar. Este, al verse impotente para controlar el coche, desactivo todos los controles y activó un enorme paracaídas, que hizo aterrizar el coche suavemente. Lo hizo en el bosque, a unos cincuenta kilómetros del castillo.
— ¡Sebastián! Aquí hay mucha energía concentrada, creo que estamos en el buen camino —le decía Euromar, después de haber aterrizado.
— ¡Ha desaparecido la giralda de Sevilla!
— ¿Hace mucho?
— ¡Unos minutos!
—Por eso no me iban los controles del coche, por la fuerte energía concentrada. Debe tener la guarida por aquí cerca, tengo que encontrarlo enseguida.
Euromar le dio a un botón y el paracaídas se fue metiendo poco a poco en un recipiente que había en el techo del coche, que era de donde había salido.
De nuevo el Doctor Arcano salía por la tele.
— ¡Señores, a ver quien aguanta más! Para que todo esto pare, Madrid debe pagarme cuatrocientos millones y el resto de provincias doscientos. Ahora sólo disponen ustedes de una hora para hacerlo. La próxima ciudad que se quedará sin energía, será Zaragoza –decía el Doctor Arcano desde su asiento, junto a la bola del mundo, pero esta vez, más enfadado que las otras veces.
Euromar se acercó al castillo y pudo comprobar que era desde allí, desde donde se estaba atacando a la humanidad.


Capítulo 7º Ataque al castillo

En ese momento, Euromar veía cómo varios cazas españoles se acercaban y lanzaban sus misiles contra el castillo.
—Euromar, al ver aquello, se apartó de la línea de tiro y segundos más tarde, un resplandeciente rayo rojo, hacía desaparecer a los cazas y explotaba los misiles lanzados sobre el castillo, antes de que hicieran blanco.
Minutos más tarde, un amplio ejército iba rodeando el castillo y sus soldados iban cogiendo posiciones, así como los carros blindados, apuntaban al castillo.
Los tanques empezaron a escupir fuego, y de nuevo un rayo rojo salía del castillo, destruyendo a dichos tanques.
El oficial que estaba al mando, al ver el arma tan potente que les estaba atacando, dio la orden de retirada.
Euromar, bajo la mirada lejana de los militares, empezó a escalar una inclinada pared, que había en la parte norte del castillo.
— Mi general, un hombre enmascarado está subiendo al castillo.
— ¿Por dónde?
— ¡Por la parte norte!
— ¿Lo pueden enfocar?
— ¡Sí!
—Le pasaré las imágenes al ministro del interior. Señor ministro, vea unas imágenes que le mando –le decía el oficial, al ministro.
El ministro encendió un monitor y vio como Euromar estaba a punto de llegar a la cima del castillo.
—Ayuden a ese hombre en lo que puedan, es nuestra ultima baza.
— ¿De quién se trata, Señor Ministro?
— ¡De Euromar!
— ¿Euromar?
—Sí, el defensor de la justicia más grande y más valiente que haya habido nunca.

— ¿Doctor, tenemos visitas?
— ¡Visitas!
—Si, mire el monitor.
— ¿Sabes de quién se trata?
—No, sólo que está enmascarado.
—Lánzale un regalito eléctrico, y fríelo como si fuera un boquerón.
—Sí, Señor.
Lego apuntó el rayo a Euromar y se llevó una gran sorpresa, cuando vio como era rechazado su rayo, con otro de color azulado, lanzado por el hombre enmascarado.
Desde donde estaban los soldados, se veía el duelo de rayos.
Euromar con el rayo lanzado por su pistola, empujaba al rayo lanzado por Lego.
—Métele más potencia, ese enmascarado está al limite de sus fuerzas, si aumentas la potencia, acabaras enseguida con él —le decía el Doctor Arcano, que veía como Lego iba perdiendo la pelea.
En ese momento el general que había dado la orden de retirada, dijo de nuevo que apuntaran al castillo y dispararan.
El Doctor Arcano, al percibir de nuevo los impactos, le dijo a Lego que eliminara los tanques. Este había aumentado la potencia y Euromar tuvo que tirarse al vacío, para no ser fulminado. Lego, pensando que había matado a Euromar, lanzó de nuevo el ataque sobre los carros de combate.
Euromar, que había quedado exhausto (del gran esfuerzo realizado), aprovecho el momento para esconderse y recuperarse.
El general, viendo que eran alcanzados los tanques, dio de nuevo orden de retirada.
El general hablaba con el ministro.
—Hemos tenido que retirarnos de nuevo, esa arma es muy potente.
—¿Y Euromar?
—No sé la suerte que habrá tenido el enmascarado, desde aquí no se ve nada.
— ¿Qué me quiere decir?
— El enmascarado estaba luchando contra ese potente rayo, con uno suyo, y viendo que no conseguía vencerlo, decidí lanzar ataques sobre el castillo para ayudarle. De golpe el rayo fue dirigido contra nosotros, y desde entonces no hemos sabido nada de Euromar.
—Averigüen lo que le ha pasado, e infórmeme de inmediato.
—Sí, Señor —dijo el general.
Minutos más tarde, y aprovechando que se estaba haciendo de noche, Euromar empezó a escalar el castillo con sus potentes ventosas.
— ¿Se sabe algo del enmascarado que nos atacó?
— Cuando le puse más potencia, seguramente fue abatido. Nadie sobrevive a un rayo tan potente.
—Bien, bien. Vigilen todos los accesos, que no quiero sorpresas.
Euromar, amparado en la oscuridad de la noche, consiguió subir al castillo.
—Ha pasado el plazo, ahora le toca el turno a Zaragoza y les quitaré la Pilarica.
El doctor Arcano lanzó otro mensaje por televisión.
—Cada hora, dejaré sin energía y sin algún símbolo importante, alguna ciudad del estado español. Y si no se van los militares de estas inmediaciones, arrasaré todo lo que se mueva en un radio de cincuenta kilómetros, y hablo muy en serio.
El ministro del interior llamó de inmediato al General Portillos, que era el que estaba al mando de la operación.
—Deben abandonar de inmediato la zona, ese loco ha mandado otra advertencia.
—Sí. Señor, ya la he oído.
Los militares emprendieron de nuevo la retirada, pero esta vez se fueron a cincuenta kilómetros del castillo.


Capítulo 8º Las réplicas

Euromar estuvo investigando todo lo que pudo y luego se puso en contacto con Sebastián, para analizar las cosas.
—Sebastián, he estado viendo replicas de los monumentos que ha hecho desaparecer, los tiene en una enorme sala, y también he comprobado el enorme reactor, que absorbe toda la energía que desaparece. Es inmenso y está custodiado por muchos vigilantes, todos vestidos de blanco. He puesto en marcha el dispositivo anti alarmas de calor, pienso que debe estar todo minado de censores.
—Si, seguramente esté todo minado
Un ruido se hizo patente, acompañado de un fuerte centello y entre el centello, apareció la Pilarica, junto a los demás monumentos.
—Debo destruir ese enorme reactor, si no acabara con todo el estado español.
Euromar se acercó a los mandos y desactivó el reactor, quitando una llave blanca, y en ese momento empezó a llegar la energía a las ciudades. Minutos más tarde, el doctor Arcano era avisado por emisarios suyos, que la energía estaba llegando a las ciudades.
—¡No puede ser! Lego, baje a ver el reactor térmico, que esto no me gusta nada.
—¿Qué ha pasado, Señor?
—Las ciudades están recuperando la energía y yo no la he soltado.
Lego, con varios hombres armados, bajaron a la parte baja del castillo, que era donde estaba el reactor.
—Está desactivado, Señor.
— ¿Cómo?
— Lo que le estoy diciendo, Señor.
—Espere que ahora bajo.
—Alguien ha debido pararlo.
—El único que se me ocurre en este momento, es ese enmascarado que intentaba subir y que no lo hubieras destruido con el rayo, como tú decías.
–Señor, yo vi cómo lo alcanzó el rayo.
—Reactívalo de nuevo y refuerza la vigilancia, si ese enmascarado está dentro del castillo, será su perdición.
—No se puede, Señor, no está la llave principal.
— ¿Cómo que no está la llave principal?
—Que todos los vigilantes, a las tres de la mañana salgan a la terraza del castillo, si hay algo con vida dentro, será eliminado de inmediatito —decía el Doctor Arcano, mirando el reloj y con su singular voz.
El Doctor Arcano, para limpiar de posibles intrusos el castillo, soltaba de vez en cuando una enorme descarga eléctrica, que llegaba a todos los rincones del castillo. El único sitio seguro era el techo, el suelo estaba conectado a la red eléctrica a través de unos cables internos, y todo el que lo estuviese pisándolo, cuando el doctor soltaba la descarga, era desintegrado.
Euromar se percató del peligro y con unas ventosas que utilizaba para subir por las paredes, se quedó colgado del techo.
La descarga sólo duraba unos segundos, pero era mortífera.
—Si ese enmascarado está escondido, se habrá quedado frito como un boquerón –decía el Doctor Arcano.
Todos los vigilantes vestidos de blanco y armados hasta los dientes, iban corriendo hacia sus puestos. El doctor los tenía bien entrenados y en cinco minutos estaban todos en sus puestos.
—Hay que encontrar la llave, sin ella no se puede poner en marcha el reactor –decía el doctor, que estaba bastante enfadado.
Lego, con un grupo de hombres armados, buscaban por todos los rincones del castillo al enmascarado, y por la descarga eléctrica tan fuerte que habían soltado, esperaba que estuviese muerto.
Todas las ciudades afectadas fueron recibiendo su energía y normalizando sus estructuras, menos los monumentos desaparecidos, que permanecían en poder del doctor Arcano.
— ¡Allí está! —decía un vigilante, que había visto una sombra.
Lego, con la precaución que requería la situación, y arropado por sus hombres, se acercaba a donde había señalado el vigilante.
Euromar utilizó de nuevo las ventosas y se colgó del techo. Estaba tras una puerta que daba al comedor del castillo y desde allí pudo ver como pasaban todos los vigilantes mirando para todos los sitios, menos para donde estaba él, que estaba oscuro.
Después de examinar el comedor, todos los vigilantes, con Lego a la cabeza, salían de allí.
Euromar salió tras ellos y cerca de allí, estaba la sala donde se encontraban los monumentos. Este se metió en dicha sala.
—Son unas replicas autenticas —decía Euromar, que contemplaba con asombro los monumentos.
Euromar se acercó a una enorme máquina y se quedó sorprendido, al ver, que en un letrero decía “achicadora de objetos.” Luego se volvió a donde estaban los monumentos y con cara de sorprendido, los estuvo contemplando de nuevo.
—No puede ser, es imposible —se decía Euromar y añadía—: Si es verdad lo que estoy viendo, debo averiguar pronto la forma de volverlos a su estado natural.
Euromar escuchó ruido y se escondió tras la máquina. Se trataba del Doctor Arcano, que con cuatro de sus hombres, examinaban minuciosamente la máquina.
—Tengo la mejor colección de monumentos del mundo. ¿Cuanto me daría algún jeque árabe, por la autentica Giralda de Sevilla, o por la Sagrada Familia de Barcelona?.—decía el doctor, que contemplaba con prepotencia los monumentos.
—Señor, está todo bien, no falta nada.
—Muy bien, Felipe, coge la llave blanca, que me la llevaré, y ahora dos de ustedes, os quedáis vigilando la puerta, que no quiero más sorpresas —decía el doctor, bastante nervioso.
Euromar desde su escondite, pudo comprobar como el doctor se llevaba la llave, y cuando se marcharon, salió y se puso de nuevo a examinar la máquina.
—Por lo que he podido oír, más lo que estoy viendo, estos son los monumentos auténticos y no una replica, como pensaba –decía Euromar, con asombro y añadía—: Esta máquina reduce los objetos al tamaño que uno quiera, por tanto, me imagino que también se podrá invertir el proceso y darle de nuevo el tamaño real. Además por lo que estoy viendo, se debe poner al mínimo la reducción, por que sino, no podrían pasar por esa puerta. Debo conseguir esa llave y devolver cada monumento a su sitio, luego destruiré esto tan maligno que hay aquí.


Capítulo 9º La devolución


Euromar salió de la sala, en busca de la llave.
Varios vigilantes que había en la puerta, fueron reducidos por Euromar con un par de golpes; luego este los amarró con unas bridas de plástico y los introdujo detrás de la máquina achicadora de objetos.
Estaba todo lleno de vigilantes y además estaban advertidos, de que Euromar estaba en el castillo.
Con la rapidez de un rayo, Euromar se lanzó contra dos vigilantes, y lo mismo que los otros, con un par de golpes, fueron dejados k.o. y amarrados con bridas de plástico.
Lego, con sus hombres, seguían buscándole por el castillo; este, al no ver en la puerta de los monumentos a nadie, dio la voz de alarma, llamando a su jefe.
—Señor, en la puerta de los monumentos, no hay vigilancia, ¿la ha quitado usted?
—No, dejé a dos hombres.
—Pues no hay nadie.
—Registrar la sala, a ver si está todo en su sitio, que ahora me acerco yo.
El doctor, con varios de sus hombres, se acercó a la sala. En ese momento descubrían a los dos vigilantes amarrados, e inconscientes.
—Esto debe ser obra de ese enmascarado del diablo, debemos cogerlo antes que acabe con todos nosotros —decía el doctor Arcano, preocupado por lo que estaba pasando.
Euromar había conseguido mermar en un buen número los vigilantes y estaba pendiente de conseguir la llave.
Mientras tanto, en las ciudades mucha gente se acercaba a donde horas antes estaban sus monumentos más emblemáticos, misteriosamente desaparecidos. Y aunque era de noche, muchos estaban contemplando con desencanto el lugar donde durante tantos años habían estado.
—No puede ser que desaparezca un monumento tan grande, en tan poco tiempo y sin dejar rastro alguno —decía uno contemplando el solar, donde siempre había estado la Sagrada Familia.
—Esto debe ser obra de algún gracioso, que con magia, nos hace ver lo que él quiere —decía un sevillano, contemplando el local donde siempre había estado la Giralda.
—Maño, si me lo cuentan no me lo creo, que se hallan llevado a la Pilarica, sin dejar rastro —decía uno de Zaragoza, con cara de incrédulo.
Euromar puso fuera de combate a dos vigilantes que había delante de la habitación del doctor, y cuando se disponía entrar, escuchó ruido y se escondió en el techo, que al ser tan alto, estaba un tanto oscuro.
El Doctor Arcano llegaba con varios hombres y al ver que no había vigilantes, sacó una pistola, y arropado por sus hombres, se acercó hasta la puerta.
—Ese enmascarado ya me está hartando, lo que no sé, es cómo desaparece tan rápido —se decía para sus adentros, mientras abría la puerta de su habitación.
Con toda la precaución del mundo, abrió la enorme puerta y después de encender la luz, examinó con detalle que todo estuviera en su sitio.
—No ha entrado, al menos está todo en su sitio —se decía para sus adentros, un poco más calmado.
— ¡Lego! ¿Por dónde andas?
—Estoy por los calabozos.
—Venga aquí arriba, que ese enmascarado acaba de eliminar a los vigilantes de mi habitación –decía el doctor, un tanto asustado.
Minutos más tarde, Lego llegaba.
—Da usted su permiso.
—Sí, pasa. Esos que están en la puerta no son los vigilantes que había dejado usted, esos dos venían conmigo.
—Perdone, Señor, pero en la puerta no hay nadie.
— ¿Qué dices? si hace dos minutos que he dejado a dos vigilando en la puerta.
—En la puerta no hay nadie.
El doctor, con aquella voz entre metálica y humana, y una cara tan rara y tan poco expresiva, por el tejido tenso con que había fabricado su cuerpo, salía de la habitación, para comprobar por sí mismo, que los vigilantes habían desaparecido.
—Ese enmascarado debe ser un fantasma, sino, ¡cómo desaparece tan rápido? —le decía el doctor a Lego, que ponía cara de pocos amigos y añadía—: Registra todo el castillo, e ir en grupos, a ver si así no puede con vosotros, por que me estoy quedando sin hombres.
Lego fue juntando hombres y hacía grupos de seis, pero en vez de estar estáticos en un sitio, los puso en movimiento, por zonas.
Había dejado en la puerta de su jefe a cuatro, pero lo mismo que había pasado la vez anterior, fueron atacados por Euromar, que cayó sobre ellos y en unos segundos eran amarrados y metidos bajo una escalera de piedra, que iba a un torreón. Era donde estaban inmóviles los otros cuatro vigilantes anteriores, que habían sido atacados por Euromar.
Euromar entró en la habitación, donde un desafiante doctor lo estaba esperando.
—Si mueves un pelo, eres hombre muerto –le decía el doctor.
Euromar, que no estaba acostumbrado a ser sorprendido, se sobresaltó un poco.
— ¿Quién diablo es usted y para quien trabaja?
—No trabajo para nadie en concreto.
— Acláreme eso.
—Trabajo para que la humanidad esté limpia de villanos con máscara de dioses, como usted.
—No me diga que tenemos aquí a un defensor de los desamparados; pensaba que esos héroes sólo existían en las novelas.
—Y yo pensaba que villanos como usted sólo existían en los libros de historia.
—Yo no soy ningún villano y menos viejo, así que déme la llave y déjese de tonterías.
—Eso mismo le digo yo, déme la llave para devolver cada monumento a su sitio, a sus gentes.
—Si esos miserables no pagan el canon, no hay monumentos. Además, para qué tengo yo que darte explicaciones, si te puedo dejar frito con mi rayo —dijo el doctor y le lanzó un rayo rojo.
Este fue contestado por Euromar, que con su pistola de rayos azules, neutralizaba el rayo rojo del doctor Arcano. Los dos como si de un pulso se tratara, aguantaban sus armas enganchadas por los rayos. Después de unos segundos de forceo, el arma del Doctor Arcano era destruida por el rayo de Euromar.
Euromar le dio al doctor y este cayó al suelo, luego se agachó y le cogió la llave del bolsillo, y cuando se levantaba, el doctor le dio un fuerte puñetazo, cayendo este al suelo.
—¿Pensabas que habías terminado conmigo? Ahora empieza la pelea, enmascarado de capotillas.
— En la pelea la rapidez de Euromar era contrarrestada por el cuerpo indestructible e incansable del Doctor Arcano, que ante los muchos golpes que estaba recibiendo de Euromar ni se imputaba.
—Puedes golpear lo que quieras, pero ya te cansarás y cuando eso ocurra, acabaré contigo —decía el doctor, soltando una desagradable y metalizada sonrisa.
Lego, con cinco de sus hombres, se acercaba, y el doctor Arcano al verlos, les dijo que le dispararan. Estos alzaron las armas para disparar, pero la rapidez de Euromar, les hizo errar los disparos.
—Soy indestructible, esta faceta mía no la conocía todavía, creo que el tejido con el cual estoy hecho, es más bueno de lo que yo pensaba —decía el doctor y soltaba otra metalizada sonrisa; luego se tocó el bolsillo y al ver que no tenía la llave, cambió de semblante.
Los hombres del doctor, con Lego a la cabeza, estaban buscando a Euromar, cuando una fuerte voz, producida por el doctor, les llamaba.
—Hay que vigilar con todos los hombres que puedas, la sala de los monumentos, que ese enmascarado me ha quitado la llave y si devuelve los monumentos a sus sitios, esos miserables no me pagarán nunca —le decía el doctor Arcano a Lego, muy enfadado.
Todos, incluido el doctor, se fueron para la sala de monumentos.
—Mirar por todos los rincones, que ese enmascarado puede estar en cualquier sitio –les decía Lego a sus hombres.
Después de haber estado un rato registrando la sala, no encontraron a nadie, y menos dos hombres que se habían quedado dentro, los demás habían salido y vigilaban por fuera de la sala.
—No puede estar muy lejos –decía Lego, que junto el doctor y algunos hombres, iban caminando hacia la alcoba del doctor.
—Cada vez pienso más que nos estamos enfrentando a un fantasma –decía el doctor.
—No sé si será un fantasma, pero sí es muy rápido —decía Lego.
Euromar, que estaba escondido en el techo, decidió acabar lo antes posible con todo aquello y empezó a eliminar vigilantes. Está vez los iba dejando fuera de combate con el rayo. Cuando todos los vigilantes que estaban en la puerta de la sala de monumentos fueron eliminados, entró a por los dos que había dentro y una vez todos eliminados, comenzó el proceso para devolver los monumentos a sus sitios de origen.
La enorme fuerza que aquello suponía, hacía falta poner en marcha el reactor y que calentara unos minutos. Euromar utilizó su rapidez y enseguida se puso en marcha.
El doctor se dio cuentas que el reactor estaba en marcha y junto a Lego y varios hombres, salieron corriendo con las armas en la mano. Cuando llegaron a la puerta del reactor, se encontraron con la puerta cerrada y el reactor en marcha, con la fuerza inversa puesta, que era para enviar y no la otra, que era para extraer de las ciudades su energía.
—Lego, haga lo que quiera, utilice lo que crea necesario, pero quiero esa puerta abierta ya —decía el doctor, que siendo un hombre tranquilo y acostumbrado a tener las cosas controladas, cuando veía que esto se le estaba escapando de las manos, se ponía de muy mal humor, y más, cuando reaccionaba y pensaba en los monumentos.
—Ese miserable está en la sala de monumentos, se ha debido dar cuentas que para enviarlos de nuevo a sus sitios, hace falta poner en marcha el reactor –dijo Lego.
—Ustedes dos, vengan conmigo –dijo el doctor, y salió corriendo hacía la sala de monumentos.
Cuando el doctor llegó, Euromar los había enviado todos, menos a la Sagrada Familia, que la había dejado para la última. El doctor entró en la sala y cuando vio a Euromar, le lanzó un rayo rojo, que pasó rozando su cabeza. Euromar se tiró al suelo y le respondió con su rayo azul. El doctor Arcano, cuando vio que sólo quedaba en la sala la Sagrada Familia, dio un metalizado grito de rabia y lanzó toda su cólera contra dicho monumento. Euromar consiguió desarmarlo con su rayo, antes que el doctor hiciera blanco en el monumento y este, al verse sin arma, se abalanzó sobre Euromar. Aunque consiguió herirlo en un brazo, el doctor ni se inmutó, y los dos de nuevo entablaron otra pelea.
Euromar intentaba enviar la Sagrada Familia, pero era neutralizado por el doctor, que le atacaba con toda su energía. Cada vez que el doctor caía al suelo, Euromar intentaba enviarla, pero este era incansable y no había manera de hacerlo.
Euromar, después de llevar un buen rato peleando con el doctor y viendo que era incansable, optó por cambiar de táctica. Aprovechando su rapidez, se lo echó a cuestas y lo llevó lo más lejos que pudo; luego volvió y pudo enviar la Sagrada Familia a su esplendido lugar. Y cuando estuvo seguro que todos los monumentos estaban en sus lugares, con su rayo destruyo la máquina achicadora. Luego se marchó en busca del reactor, al cual en ese momento, Lego lo estaba parando. Este, que estaba con varios hombres, al verlo le lanzó un rayo rojo, al cual fue respondido con el rayo azul por parte de Euromar. Estuvieron unos segundos forceando, pero Euromar era más fuerte y consiguió alcanzarlo en el pecho, dejándolo k.o.
Los pocos vigilantes que aún quedaban, se marchaban y junto con los que estaban amarrados, abandonaron el castillo, bajo la amenaza de Euromar, de hacerlo volar.
Cuando todos abandonaban el castillo, llegaba el Doctor Arcano, que al ver cómo todos huían, les preguntaba a los hombres, que con cara de pánico, abandonaban el castillo.
—Tenemos diez minutos de tiempo para salir del castillo.
—¿Cómo que diez minutos? ¿Qué está pasando?
—El enmascarado nos ha dado quince minutos para salir, antes que todo vuele por los aires y ya solo faltan diez.
El doctor entró en el castillo y con la mirada perdida, iba avanzando.
Diez minutos más tarde y desde la distancia, Euromar hacía volar el castillo.
Treinta minutos más tarde llegaba la policía y el ejército al castillo.
Horas más tarde, el presidente del gobierno le daba las gracias a Euromar y este se marchaba contento, por que todo volvía a su estado normal.
Días mas tarde y después de examinar todos los rincones del castillo, el ministro informaba a Euromar, que la explosión fue muy fuerte y que pudiera ser el motivo de que no apareciera el cuerpo del doctor Arcano.
Historia contada y … acabada.


GJPavón